Más graves han sido los derrumbamientos de Perú por el terremoto de esta semana, que está teniendo su réplica, como un eco siniestro, mientras escribo. Hay centenares de muertos y miles de heridos y damnificados, pero ¿a quién se le piden responsabilidades? ¿A la escala Richter? ¿A la Madre Naturaleza? Sin embargo,existen esas responsabilidades.
A primeros del mes pasado la ONU criticó tan dura como inútilmente a los países desarrollados por reducir la ayuda a los más pobres. En el año 2000 se diseñaron los Objetivos del Milenio: proponían mejorar, en 15, la vida del Tercer Mundo, pero su cumplimiento se sigue demorando. Sólo cinco naciones -Dinamarca, Luxemburgo, Países Bajos, Noruega y Suecia- han hecho efectivo el compromiso de destinar el 0,7% del PIB a la ayuda al desarrollo. Esa cicatería explica la cifra de víctimas: cuando se mueve la tierra se derrumban las casas de adobe y cuando se mueve el dinero resisten los Bancos de piedra.
Es curioso observar el distinto comportamiento entre los que pierden sus casas y los que pierden su dinero. Los primeros se aferran a sus tristes vidas y los segundos no se resignan a ser menos ricos. Cuando se hunden las Bolsas abundan los suicidios. Los damnificados se quitan de en medio, como si temieran un terremoto, y abandonan la existencia para siempre, ya que para ellos no tiene sentido la vida sin la Bolsa.







