La ligera recuperación experimentada ayer por las Bolsas europeas y también por Wall Street, tras la decisión de la Reserva Federal norteamericana de recortar el tipo de interés en los préstamos dirigidos a los bancos, atenuó el impacto del desplome sufrido apenas 24 horas antes por todos los mercados mundiales. Las fuertes oscilaciones que éstos vienen padeciendo en los últimos diez días reflejan una coyuntura de notable inestabilidad, que actúa como motor de la extensión de la desconfianza en un sistema financiero en el que los inversores se muestran cada vez más inquietos por el eventual riesgo de contagio de la crisis inmobiliaria estadounidense. Las intervenciones de los bancos centrales, con sucesivas inyecciones de liquidez en el sistema, han contenido en parte las tensiones sin llegar aún a encauzarlas, en una estrategia que podría alentar los riesgos inflacionistas al haber elevado de modo considerable el volumen monetario circulante. En esta tesitura tan fluctuante, el Banco Central Europeo se enfrentará a principios de septiembre a la disyuntiva de mantener la tendencia alcista en el precio del dinero, con el riesgo de que su iniciativa redunde en el colapso financiero, o reconsiderar temporalmente sus previsiones iniciales.
Las circunstancias aconsejarían la segunda opción, aunque la elección del BCE dependerá del alcance de la crisis y de si ésta preludia un ciclo de desaceleración. Aunque la sujeción de la inflación es una apuesta estratégica para la estabilidad económica de la Eurozona, esta política podría sufrir una reorientación si el miedo latente en los mercados perdura y las dificultades derivadas de la crisis inmobiliaria y las inversiones de alto riesgo se trasladan de forma notoria a las economías domésticas. La inyección al sistema de cantidades similares a las movilizadas para hacer frente al 11-S y la propuesta del presidente francés, Nicolas Sarkozy, de movilizar a los países del G-8 constituyen dos medidas que, tratando de proyectar un mensaje de tranquilidad, pueden acabar alimentando la incertidumbre sobre la repercusión real de la crisis. Es preciso por ello que los instrumentos de gobierno financieros funcionen adecuadamente para poder atinar con el diagnóstico y activar los mecanismos que propicien la estabilidad de los mercados.