
Pasa en la España vacacional. Ocurre cualquier circunstancia que exija alguna actuación pública, e inmediatamente se requiere que al instante se planten las máximas autoridades en el lugar de autos, aunque sean legos en la materia. No se les pide ya que pongan los medios para solventar el problema, que tomen las medidas políticas oportunas -que se supone es para lo que se les ha elegido- sino su presencia personal, física, tangible. Si hay apagones en Barcelona, problemas en su aeropuerto y el etcétera catalán de estos días, o incendios en Canarias o vertidos de petróleo en Baleares o lo que sea de la serie de desastres que nos fustigan, se exige que ipso facto se personen allí los más altos mandos, como si su mera aparición tuviese efectos milagrosos, cual brujos en alguna danza ritual. Hay más preocupación mediática y política por el ansiado viaje que por una gestión eficaz, que no suele requerir presencia física. Y eso que en cuestiones tan específicas no hay razón alguna para que el político sea efectivo. Ni sabrá por dónde empezar, a no ser dando impulsos políticos, que es lo suyo, pero que no necesitan desplazamientos ex profeso ni estar soplando en el cogote de los subordinados a los que toca dar el callo y que considerarán una lata la llegada del supremo.
Van al escenario para librarse del chaparrón de críticas que les acusará de torpes, desidiosos e insensibles, pero es un remedio inútil. Cuando se producen estas crisis da igual lo que haga el poder. Se verá incapaz de contentar a la audiencia. La oposición, que va al fallo, ya encontrará la manera de meterle el dedo en el ojo y demostrar que peor gestión -lenta, tardía, imprevisora- resulta imposible. Eso sí, si el mando no acude presuroso a ver el desaguisado, se le pone falta y la oposición se rasga las vestiduras. Presidente, vicepresidentes, ministros, jefes de comunidades autónomas han de vivir en vigilia permanente, prestos a acudir sin demora al desastre o desmán para ¿para qué? Imagino que para demostrar que el asunto les preocupa sobremanera -¿sólo faltaba!-, poner cara de desasosiego y solidaridad, besar niños si se dejan, improvisar alguna promesa de la que luego se arrepentirán, e interrumpir los trabajos de los especialistas durante algunas horas. Pero el rito resulta ya exigido, dentro de las costumbres nacionales. 'Días después del apagón Zapatero no ha acudido a Barcelona', se quejaban, quizás esperando que llegase el hombre, diese al interruptor y saliese la luz. 'Montilla sigue de vacaciones pese a la crisis', 'Montilla interrumpe sus vacaciones por la crisis', y no se sabe qué suena peor.
Y eso, en todas las materias, sea cual sea su alcance. Si el terremoto de Ciudad Real no hubiese coincidido con tanta calamidad, habrían tenido que acudir a Almagro Zapatero, los ministros de Interior, Medio Ambiente y Defensa (en esto es mejor pecar por exceso), el presidente de la comunidad y media docena de consejeros para contemplar pesarosos los destrozos en los techos del teatro y prometer que se creará un Observatorio Castellano-Manchego de los Seísmos Españoles.
Les toca ahora a los del PSOE este ajetreo de andar de la ceca a la meca según lo dicte la secuencia de desastres, pero harían bien en no quejarse, pues cuando estaban en la oposición también fueron inmisericordes con los del PP si se retrasaban en ir a ver el chapapote o los incendios. También les controlaban la demora y les chorreaban por su desidia al respective. Es mal de muchos, pero no hay consuelo.
Hemos dado en una democracia en la que el político tiene que estar siempre de guardia, sin descanso ni vacaciones, para demostrar en todo momento su sensibilidad, que se juzga más importante que la eficacia, así nos va. Se denosta por la ineptitud -es un axioma que el Gobierno es inútil, no sólo éste, cualquier gobierno-, pero las grandes críticas se reservan a las ausencias, los retrasos o comportamientos erráticos en estos actos simbólicos que se celebran junto al cataclismo, políticamente correctos pero de dudosa utilidad en muchos casos.
Sucede además que ha encarnado en la sociedad española el hábito de que las grandes hecatombes (los accidentes de tráfico, los apagones, los grandes atascos, los naufragios, los incendios, los derrames de fuel/chapapote/galipot, los colapsos aeroportuarios, las tormentas inabarcables, las ineficacias ferroviarias ) se concentren en verano. Así que nuestros políticos se quedan sin descanso, siempre en la batalla, interrumpiendo sus vacaciones. Seguramente, de su falta de asueto veraniego nos resentimos todos a lo largo del año. Sería mejor que se relajasen.
O, si no, que aprendan de los políticos vascos, modelo en esto como en tantas cosas, siempre al quite: nunca cogen vacaciones, al menos que se sepa. Quizás piensan que la catástrofe vasca es permanente, por lo que al parecer están siempre al pie del cañón, sin marcharse ni alejarse. No necesitan asueto, con la de opresiones que nos caen a diario. Son guerreros, pero no descansan. A eso se debe que el vasco no pueda relajarse nunca.







