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La plaga
18.08.07 -
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Invariablemente los veranos adquieren forma de animal. Cuando no son las medusas que fastidian a los bañistas del Mare Nostrum, es la osa 'Franska' muerta por atropello de un vehículo («de muerte natural», según una agencia de prensa), o las sempiternas vaquillas de nuestras fiestas populares, o en última instancia el monstruo del Lago Ness. Un verano que se precie tiene que llevar consigo el retorno a la Naturaleza, aunque esa naturaleza no siempre adopte la forma de amables bichitos y se nos presente en su aspecto más feroz como acaba de ocurrir con el terremoto de Perú. Aquí nuestras tragedias son menores, pero suficientes para crear algo más que preocupación entre los afectados. El caso es que el premio a la especie del verano va a recaer sin discusión en ese roedor llamado topillo, que en unas pocas semanas se ha multiplicado bíblicamente hasta superar los trescientos millones de individuos. Ancha es Castilla, pero a este paso no va a dar abasto a semejante explosión demográfica. Lo único provechoso de la plaga es que por una vez permite dar rienda suelta a los instintos predadores del paisanaje, tan reprimidos últimamente por las doctrinas ecologistas y las leyes para la conservación de las especies. Si hasta hace poco había que andarse por los campos mesetarios con pies de plomo para no ser multado por pisar un batracio protegido o espantar un ave viajera, ahora el mérito se lo lleva el que acabe con el mayor número de roedores. No importa el medio. Es interesante comprobar los efectos estimulantes que esta llamada al exterminio ha producido sobre la imaginación de castellanos y leoneses, tan dados a la apatía si hemos de hacer caso a Machado. Chorros de agua a presión, fumigaciones, alambradas, zanjas, corrientes eléctricas, explosivos bajo tierra, un asombroso repertorio de procedimientos físicos y químicos para la guerra sin cuartel que sin embargo no logran de momento poner freno a la invasión. Porque el topillo cuenta con el mayor aliado de las poblaciones colonizadoras, que es su extraordinaria capacidad de reproducción. Si una hembra de topillo con sólo treinta días de vida puede echar al mundo camadas de seis o siete crías, a ver qué técnica es capaz de detener ese frenesí procreador. Por una vez va a ser cierto que hacer el amor y no la guerra conduce a la victoria. Entretanto los campesinos tiran la azada al suelo y contemplan impotentes esta invasión con trazas de castigo del cielo, tal vez echando pestes contra los amigos de la Naturaleza y los administradores que hicieron oídos sordos a sus advertencias, o acaso esperando simplemente la declaración de zona catastrófica que les traiga el carro de las pertinentes subvenciones.

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