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Sociedad

Trotamundos
Por el capricho de un águila
Un calzada jacobea enlaza en apenas un kilómetro el pueblo de Bolibar con la colegiata de Ziortza. El paseo permite seguir las huellas de El Libertador y del abad de Irusta
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Por el capricho de un águila
PUEBLO. Los verdes campas de Ziortza. Los territorios de esta zona fueron objeto de disputa entre esta aldea y Bolibar. / FOTOS: ANDER IZAGIRRE
El pueblo vizcaíno de Bolibar, que no alcanza los 400 habitantes, debe de ser el mayor exportador mundial de nombres. Hay once países con ciudades o provincias llamadas Bolívar (México, Argentina, Estados Unidos, Australia...), y otra docena más con calles, plazas o monumentos que reciben esa denominación (El Cairo, Londres, Teherán...). Tenemos un país Bolivia, un conjunto de repúblicas bolivarianas y un régimen político bolivariano. Bolívar es también una moneda, un satélite artificial, un zoológico, cuatro museos, tres universidades, tres montañas, una península, tres aeropuertos, cinco estaciones de tren y metro, un equipo de fútbol, una marca de cigarros, otra de licores y hasta un personaje de Walt Disney.

La propagación se debe a Simón Bolívar, El Libertador, «a quien reconocen por padre de la patria Venezuela, Perú, Ecuador, Panamá, Colombia y Bolivia». Así lo dice un monolito que en 1927 levantó el Gobierno de Venezuela (país natal del héroe) en el centro de Bolibar (tierra de sus ancestros). Desde esta aldea emigró, a mediados del siglo XVI, el primer Simón, antepasado del militar venezolano que luchó contra la Corona española por la emancipación de media América del Sur a principios del XVIII. Mientras El Libertador impulsó la independencia de tantas naciones, el pueblo de sus raíces ha sido el último municipio vasco en independizarse (el nuevo pueblo de Ziortza-Bolibar se constituyó el 1 de enero de 2005).

Ziortza contra Bolibar

Esos dos núcleos milenarios, Ziortza y Bolibar, se disputaron la supremacía en la cuenca alta de los ríos Lea y Artibai. De los dos tenemos noticias antiguas. Un documento del año 1051 menciona al abad Ligoarius Molinivarrensis (Ligoarius el de Molinívar, palabra derivada de «bolin» o «molin», molino, e «ibar», valle. Bolibar: valle del molino). De ahí se deduce la existencia de una aldea llamada Bolibar o Molinibar, con un monasterio que posiblemente controlaba las aldeas.

Un kilómetro ladera arriba, había otro núcleo cada vez más poderoso: Zenarruza o Ziortza. Documentos del monasterio riojano de San Millán de la Cogolla recogen la versión legendaria de la fundación: el 15 de agosto del año 968, día de la Asunción, los vecinos escuchaban misa en la ermita de Santa Lucía de Gerrikaitz cuando apareció un águila coronada, tomó con las garras una calavera del osario y se la llevó volando al otro lado del valle. Allí donde soltó la calavera se fundó la primera ermita en Ziortza. Y al arrimo de posteriores templos fue creciendo una aldea. Investigaciones arqueológicas demostraron que esa leyenda tiene alguna base real, al menos sobre la época de fundación: se encontraron unas lajas del siglo X que hoy pueden verse en la colegiata.

Como suele pasar con las leyendas fundacionales, el águila tuvo mucho ojo: dejó la calavera en un paraje alto, expuesto al mal tiempo (dicen que Ziortza viene de 'zear otza': ladera fría), pero en las inmediaciones de un enclave estratégico que tanto Bolibar como Ziortza querían controlar. Ambas poblaciones construyeron una iglesia románica en el siglo XII. Cerca pasaba una antiquísima ruta desde la costa hasta el interior de Vizcaya (de Lekeitio a Durango) y aquí se bifurcaba un ramal hacia Finisterre: el Camino de Santiago, que dejaba ingresos jugosos.

La disputa se decidió en 1380. Los religiosos de Ziortza pidieron protección a Juan II, rey de Castilla y señor de Vizcaya, porque el cruce de caminos era objetivo habitual en las guerras entre oñacinos y gamboínos. Al rey le interesaba asegurar las rutas para frenar los desmanes de aquellas familias de la nobleza, así que otorgó a Ziortza el rango de colegiata a cambio de que construyeran un hospital de peregrinos. Y para que costear la obra y el mantenimiento, hizo que la iglesia de Santo Tomás de Bolibar pasase a depender de Ziortza «con sus pertenencias, tierras, pastos, aguas, montes y dehesas» y con los «pechos, derechos y rentas» que pagaban los labradores.

Calzada y colegiata

Bolibar y Ziortza están unidas por una vieja calzada jacobea, de kilómetro y pico. Desde la plaza de Bolibar, junto a la iglesia de Santo Tomás, el itinerario sigue la señal que indica 'Ziortzara doan bidarria'. Enseguida sube por el único tramo empedrado del Camino de Santiago en Vizcaya, jalonado por los restos de un vía crucis del XVI que ha perdido la mayoría de sus cruces. Después de atravesar bosques, prados y un tramo de carretera, llega a Ziortza.

El camino pasa junto a las tres cruces del Calvario y se dirige a un arco que se abre entre la iglesia y las casas de los canónigos, justo bajo la vivienda del abad. Sobre el arco aparece el escudo del monasterio: el águila con la calavera. Tras el túnel de entrada aparece un espacio que parece el patio de armas de un castillo. A la izquierda, el edificio de los religiosos; a la derecha, la iglesia del siglo XV y la hospedería.

Los elementos corresponden al siglo XVI, cuando Ziortza alcanzó su esplendor gracias al abad Diego de Irusta. Después de obtener la primacía sobre Bolibar en 1380, la colegiata fue concentrando poder económico: cobraba rentas por las tierras, por la explotación de bosques y montes, por el uso de ferrerías y molinos, por derechos de paso y criaba caballos, artículo de lujo. Dado que el abad era quien administraba estos bienes, se convirtió en un cargo codiciado por la nobleza vizcaína, que maniobraban para colocar a los suyos. En uno de esos tejemanejes llegó a ser abad Diego de Irusta, que tenía habilidades políticas: viajó a Roma para interceder ante el Papa para que nombraran abad a un familiar suyo y volvió a Vizcaya con el cargo para sí mismo. No sólo eso: consiguió que el Camino pasara por la colegiata y recibió una bula papal que le permitía pedir limosna por España para el hospital.

Así, impulsó las obras de Ziortza. La iglesia, del siglo XV, es ejemplo del gótico vasco: un templo alto y rotundo, con aire de fortaleza. En el claustro, sin embargo, encontramos un recinto coqueto, un juego armónico de arcos inferiores de medio punto y arcos superiores rebajados, decorado con barandillas, medallones y taqueados típicamente italianos: «Este claustro es un caso curioso», explica Arrate De los Bueis, restauradora y guía de Ziortza, «porque sigue un estilo renacentista que no es el que se hacía en España, está importado de Italia. Algún canónigo estuvo en Roma y trajo la idea». En los medallones se alternan dos símbolos: conchas veneras y cruces treboladas. Decoración típica del Camino de Santiago pero también una firma: «En euskera, trébol se dice irusta», explica De los Bueis. «Y el escudo familiar de Diego de Irusta incluye precisamente las conchas y las cruces treboladas».

En el claustro, además de las lajas del siglo X, hay un sarcófago pétreo que los expertos no saben bien cuándo datar. En los pies se ven una cruz, una estrella visigoda y una figura antropomorfa, pero en las demás caras abundan símbolos paganos (soles, tableros, ondas acuáticas ). «La interpretación es confusa, pero hay algo evidente: los cultos precristianos mantuvieron su fuerza mucho tiempo. Quizás esta persona quiso poner en su tumba todos los tipos de símbolos, de una creencias y de otras, para asegurarse el paso al más allá».

Cabeza de lobo

Esa tradición pagana es evidente en el pórtico de la iglesia, una obra de carpinterías también del XVI. En su estructura de madera se tallaron discos solares y motivos geométricos del arte vasco. Destaca una viga labrada que no cumple ninguna función estructural: es el dosel del asiento donde se colocaban las autoridades; antiguamente las asambleas locales se celebraban en los pórticos, zona no sagrada, por eso al artesano le dejaron decorarlo con motivos populares. El más llamativo es la cabeza de lobo tallada que cuelga, amenazante. «Una hipótesis es que esta iglesia era juradera, y quizá los juramentos se tomaban justo bajo el lobo, símbolo de territorialidad».

Para entrar al ámbito sagrado pasamos bajo la imagen de la portada: un Cristo en majestad, alzando las manos para mostrar las llagas tras la resurrección, flanqueado por dos ángeles que tocan trompetas. En el interior, la iglesia presenta una sola nave, como es habitual en el País Vasco, con una bóveda de nervios góticos en cuyas claves aparecen las imágenes de Cristo, la Virgen, los apóstoles y las estrellas. Es el cielo al que aspiran los muertos que yacen bajo el suelo del templo.

También destacan el retablo renacentista dedicado a la Virgen, con pinturas y esculturas de escuela flamenca, y el sepulcro de Diego de Irusta, en una capilla lateral. Un conjunto escultórico muestra al abad orando de rodillas mientras da la espalda a un Santiago que le ofrece la mitra episcopal. Así se cuenta que Irusta renunció a ser obispo para volcarse en su querida colegiata de Ziortza. Así de esplendorosa la dejó y así de satisfecho la firmó.

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