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Obispos
18.08.07 -
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Obispos
Se ha armado algo de revuelo por las palabras que los obispos Blázquez y Uriarte dedicaron a sus infieles el los sermones del día de la Virgen. «Infieles», no por no tener fe, ahí no me meto, es terreno privado de cada uno; infieles por la falta de fidelidad en cuanto asistencia se refiere, feligreses de misas-feria. La primera conclusión que uno saca de todo lo sucedido es que en las iglesias, ese día, había periodistas, y no fueron para comulgar, precisamente. Periodistas que pasaron por alto otra noticia bomba, coño: que Dios existe, ¿no? Y que se metió en un pan y se lo comieron entre todos sabiendo creyendo que comían su cuerpo.

No, eso no debe ser nada del otro mundo comparado con el patinazo de un monseñor. Que, por otra parte, pienso que tienen que estar algo despistados esos días grandes en los que miran a las primeras filas de los bancos y ven a alcaldes, consejeros, presidentes y demás curia pagana. Y de todos es sabido que la Iglesia, haciendo honor a su condición de institución humana, tiene que contentar a la clientela, a la feligresía, aunque sea de paso. La primera norma de toda institución es su propia subsistencia. Teniendo en cuenta estas consideraciones, ¿no serán también responsables los políticos de la primera fila de los sermones acomodados?

Para los siguientes años, propongo un juego: cambiar de obispos, a ver qué sucede. Imagínense a Blázquez, que debe ser el bueno de la película, dando un sermón bajo la mirada atenta de un Egibar de corbata, que asusta más que de camisa, por ejemplo. O a Uriarte, el diablillo, sentado a la derecha de Azkuna y completando trinidad, Imaz. Seguro que los sermones se dulcificarían en ambos casos. De todo este circo me quedo con la gente de buena voluntad, creyentes o no creyentes, de iglesia o de bar, personas que generen energías de unión. Pasen buen día.

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