
Uno de los chicos que más le hizo sufrir fue Rafa Cruz. Era hermano de su amiga Natalia y veraneaba en el pueblo alicantino de Javea. Ella tenía 17 años. «Me invitaban a pasar quince días en su casa». Por él hizo auténticas locuras. «Me monté en la moto de un amigo a las dos de la madrugada y salí a buscarle al puerto. El tubo de escape estaba ardiendo. Me quemé la pierna y, al día siguiente, me puse pasta de dientes para que no se notara». Aquel chico era su perdición. «¿Era de lo más guapo que he visto en mi vida! ¿Puff! ¿Qué ojos, qué boca, qué sonrisa! Él sabía que nos tenía a todas de los nervios». Aquello quedó en «un tonteo de dos meses».
A otro chico que le gustaba «de lejos», decidió conocerle de cerca. «Le dije a mi amiga que me iba a tirar vestida a la piscina de la discoteca ¿Oh, Madrid! para que él viniera a rescatarme». La colega le advirtió: «Pasará de ti». Pero ella siguió adelante. «Me lancé con ropa al agua. Grité: '¿Ay, socorro, socorro! ¿Me han empujado!'. Él ni se enteró; en ese momento, se fue a la barra a por otra copa. Me quedé empapada y sin socorrista. Y mi amiga me dijo: 'Mira que eres pringada'». Reconoce que era demasiado impulsiva y, hasta que se centró, tuvo una temporada muy enamoradiza.
«Muy coqueta»
El gran amor de su vida es su marido. «Todos los demás se han deteriorado, pero él envejece estupendamente. No se lo digo demasiado, para que no se me ponga muy subidito. Llevamos casados 22 años. Ésa es mi historia de amor más bonita». Se vieron por vez primera cuando ella era una quinceañera. «Fui a tomar una Coca Cola al único 'pub' de Pozuelo con Anita, una salvadoreña que trabajaba en casa y era como mi hermana». En el local había un chico rubio atendiendo las mesas; era el sobrino del dueño que se sacaba un dinerillo. «Yo era muy coqueta. Mucho. Él me miró. Yo le sostuve la mirada.Y nos quedamos los dos quietos, mirándonos. Nos sonreímos. Y no pasó nada más».
Años después Washington iba para abogada y trabajaba en una tienda de decoración los fines de semana. «Por delante del escaparate pasaban mucho dos chicos. Uno se llamaba Jorge y babeaba porque yo le gustaba; el otro ni me miraba, y me jorobaba lo altivo y chuleta que era». Pero terminó poniéndose ante el objetivo de su cámara cuando se hizo un 'book' de fotos para trabajar como modelo publicitaria. «Me dijo que me conocía desde que casi llevaba pañales. Me recordó cómo nos miramos en silencio en aquel 'pub'. Me caía muy mal, lo veía arrogante. Y al final me enamoró. Ya ves: se me quedó mirando y hoy es mi marido».







