
Al parecer, la ausencia de Chayanne se debe a motivos personales. Hace unos meses, Morante de la Puebla cortó su temporada alegando razones similares. A consecuencia de ello, mañana no le veremos haciendo el paseíllo en Vista-Alegre. Son un fastidio los motivos personales. Especialmente los motivos personales de los de los demás. Siempre suenan a excusa, a ganas de darse importancia, a camelo. Porque, al fin y al cabo, ¿qué motivos puede tener el prójimo para fastidiarnos a nosotros el plan? Díganme, ¿quién diablos se cree que es el prójimo?
Otra cosa son nuestros motivos personales. A lo largo de esta semana no escasearán las ocasiones en las que deseemos ser una estrella portorriqueña o un torero de corte artístico para poder emitir comunicados que justifiquen nuestras deserciones. Porque en fiestas huir es un arte y hay que ser muy hábil, por ejemplo, para retirarse de madrugada sin herir la susceptibilidad de esos amigos para los que irse a dormir antes de que amanezca es una forma especialmente repugnante de traición. O para declinar la invitación de ese conocido que actúa en la Plaza Nueva con su nuevo grupo de tecno folclórico intimista. O para evitar asistir al festival de los callos y el zurracapote que un familiar entusiasta organiza cada año en su casa con motivo del día grande.
Además de una locura, las fiestas son un carrusel social que gira a una velocidad descabellada. Por eso cada cual tiene que administrar con prudencia sus motivos para la misantropía y la fuga sigilosa. Aunque, en realidad, muchas veces son los otros los que nos marcan las reglas del juego. ¿Recuerdan cuáles fueron los motivos personales que al parecer obligaron al grupo Madness a cancelar su concierto del año pasado? Se dijo que la mujer de uno de los miembros de la banda, al conocer los planes de su marido, le hizo una advertencia: «Si vas a Bilbao no vuelves a entrar en casa». Parece el estribillo de una bilbainada, de una vagamente ska, pero esa mujer sabía de lo que hablaba. Que se lo pregunten a Shane MacGowan, que muy probablemente sigue en nuestras calles, desorientado y tambaleante, tratando de recordar como sonaba aquella palabra extraña y mágica: ka-li-mo-txo.









