
El músico bilbaíno llegó al Arriaga, se puso el uniforme, recibió la makila, saludó a todos los presentes, leyó el pregón, tocó, bailó, se despidió de los miles de bilbaínos que abarrotaban la plaza, paseó por las txosnas, se cambió de ropa, cogió el coche y se fue pitando al aeropuerto, donde le esperaba un aerotaxi para llevarlo a Vigo. Desde ahí se trasladó en coche a Pontevedra, concierto y fin de fiesta. Kepa Junkera estaba pletórico. «Merece la pena», confesaba minutos antes de subirse al avión de la empresa Airquality que le iba a llevar a la ciudad gallega.
«Muy agradecido»
Pero vayamos por partes. El músico bilbaíno llegó al Arriaga poco después de las 17.30 horas, tiempo suficiente para ponerse el uniforme de pregonero sin agobios, repasar el pregón, saludar a las decenas de personas que se arremolinaban en la primera planta del teatro y conceder las primeras entrevistas a televisiones y radios. No parecía demasiado nervioso. Al fin y al cabo, cualquiera podría pensar que no deja de ser una actuación más de las tantas que lleva a sus espaldas. Pero no. Fue más. Mucho más. Estaba «emocionado», «orgulloso» y «muy agradecido» de poder leer el pregón en las fiestas de su ciudad. Y se le notaba.
Eso sí, una vez finalizado el discurso y todo el protocolo que conlleva el ser pregonero, Kepa inició una cuenta atrás típica de una película de acción. El músico bilbaíno se fue corriendo al garaje en compañía de su mujer y sus cuñados para montarse en el coche y poner rumbo al aeropuerto de Bilbao, pero se olvidaron la llave y tuvieron que pedir ayuda a un amigo para que les abriese la puerta. Ya en el aeropuerto, les esperaba Iván Fernández para llevarles hasta Vigo, donde les aguardaba otro coche para trasladarles a Pontevedra. «Seguro que termino molido, pero volvería a repetir esta experiencia mil veces. Creo que nunca voy a olvidar este día».










