
Ciertamente las fachadas se habían limpiado, pero ¿qué ocurría en el interior de los locales? El Ayuntamiento tenía que mandar inspectores para asegurarse de que se cumplían estrictamente sus ordenanzas. Se imponía, por lo tanto, «una desinfección general de los locales públicos y de los escusados de las casas y que se dé un repaso á las calles no adoquinadas para evitar que se levanten nubes de polvo que molesten al vecindario».
Amigos de lo ajeno
Otro ruego que se le hacía al alcalde era que permitiera que los cafés y tabernas de la villa pudieran cerrar más tarde durante los días de fiesta. Se argumentaba que debido a que los teatros terminaban las funciones a la una de la madrugada, era mucho el público que salía con ganas de tomar un refrigerio o un tentempié antes de acostarse. De ahí el ruego, puesto que era muy desagradable que con los locales llenos pasasen los serenos advirtiendo del cierre, cosa que incomodaba a los dueños, por lo de la multa, y a los clientes porque tenían que darse prisa en consumir lo que fuera.
Y puestos a pedir más, algo gratuito en todas las épocas, otra cosa que se reclamaba era que en los paseos habituales, atestados de gente durante las fiestas, se evitase la concentración de personas que no iban a pasear y que se paraban entorpeciendo el paseo de los demás. Es decir, se pedía se estableciese una zona para que los «mirones» no molestasen. Lo que sí habían hecho las autoridades, y sobre lo que se mostraba un grado de satisfacción pleno, era establecer controles policiales en todas las estaciones para evitar la entrada masiva en Bilbao de los conocidos como 'amigos de lo ajeno'. También se dispuso la vigilancia de los lugares de paseo y reunión habitual por ser estos los preferidos para los de los dedos largos.
Como nota curiosa, aquel mes de agosto de 1907, se destacaba que el «automovilismo va arraigando en Bilbao de una manera prodigiosa». Y es que proporcionalmente al número de habitantes, la villa estaba a punto de convertirse en una de las ciudades españolas con más coches. Tan importante era ya ese fenómeno que varias empresas de alquiler de carruajes se habían visto en la obligación de vender algunos, ya que la verdadera novedad eran los vehículos de motor.
«De tal modo se extiende la afición por el automovilismo -se afirmaba en prensa-, que uno de estos días es esperado en Bilbao nuevos camiones para el servicio de mercancías y para el invierno contaremos con autos económicos de alquiler». El precio medio exigido a la hora de alquilar un automóvil rondaba entonces las 100 pesetas diarias y, por lo general, los autos no se cedían por menos de tres o cuatro días, aunque ya había empresarios que se planteaban bajar los precios y ofrecer alquileres por tiempo ilimitado. Cosas del progreso, sin duda alguna.
Progreso local
Las novedades más llamativas del programa festivo de 1907 fueron -además de lo maravilloso que estaba el paseo del Arenal- la celebración de un Concurso Hípico, para el que el Athletic Club cedió los terrenos de su campo en Lamiako; las regatas, a las que se decía que iría el rey; el festival musical y el Certamen del Trabajo. Esto último, toda una primicia en la villa. Con ello se quería mostrar a los forasteros las habilidades y aptitudes de los obreros que residían en Bilbao.
Era la forma de exhibir no sólo la eficacia de las escuelas de artes y oficios vizcaínas, sino también el mérito y la participación que los trabajadores tenían en el progreso local, ya que «en Bilbao el desarrollo de la industria se debe no sólo a los capitales, sino al trabajo. Los primeros han corrido el riesgo natural de toda empresa que se establece. Los segundos han realizado el esfuerzo necesario para que esas industrias adquieran vida en nuestro país». Al Certamen se presentaron 42 trabajos que optaban al primer premio consistente en la nada despreciable cantidad de 500 pesetas. Un buen pellizco, sin duda alguna, aunque comparado con el premio estipulado para el concurso de fuegos artificiales, 2.500 pesetas, era casi una miseria.
Como era habitual, las corridas de toros fueron un éxito de gente. De hecho, como se escribió en El Noticiero Bilbaíno, los «revendedores de billetes para los toros sonríen y fuman vegueros de 2,50». También tuvieron una muy buena asistencia de público todas las funciones teatrales programadas. Y como no podía ser menos, la batalla de las flores -con más confetis y serpentinas que flores, por eso de que Bilbao no era un lugar muy florido-, resultó de lo más concurrida y animada. Toda la Gran Vía se engalanó para el evento y se levantaron hasta tres tribunas.
Otro de los éxitos rotundos fue la exhibición de fuegos artificiales, el espectáculo por excelencia de la gente común. De hecho se afirmaba que para todos aquellos que no podían permitirse un abono en palco para los toros o el teatro, para los que no poseían un automóvil y para los que no podían ir a Biarritz a disfrutar de sus playas y de su ambiente elitista, los fuegos artificiales eran algo excepcional. El concurso, que tuvo lugar en Basurto, estuvo protagonizado por el señor Gómez, el señor Artal, ambos de Valencia y el señor Anta de Bilbao. El premio final, 2.500 pesetas, fue a parar a las manos del señor Gómez. Y es que, ya hace cien años, los fuegos artificiales de Valencia gustaban mucho a los bilbaínos.









