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ASTE NAGUSIA
Gure Marijaia
El estallido del txupin se mezcló con el himno de la fiesta, que para eso está compuesto por el pregonero, y la multitud enloqueció con ganas y relativa limpieza
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Gure Marijaia
TRINIDAD FESTIVA. Marijaia, el pregonero y la txupinera, en plena faena.
Se cumplió con la inveterada tradición de las fiestas del Botxo. Marijaia apareció con los brazos en alto, el pregonero chilló de amarillo y la txupinera tiró el txupin, que para eso está. Toda la escena en una balconada del Arriaga que veía a sus pies cómo cientos de comparseros y miles de entusiastas festivos bullían embadurnados de todos los líquidos posibles. Kepa Junkera nos invitó a la diversión, recordó su pasado comparsero en el barrio de Rekalde y se arrancó con la trikitixa para anunciar la salida de Marijaia con la canción que él mismo compuso hace ya diez años. A partir de ahora, el que no se mueva se cae de la foto.

En el interior del Arriaga, un auténtico hervidero de políticos, comparseros y periodistas aireaban sus ganas de fiesta a golpe de abanico y se afanaban en buscar las burbujas del champán entre las bandejas de los camareros. Expectantes, con la sonrisa en la boca y la emoción contenida, a la espera de escuchar el cohete y por fin dar comienzo a la Semana Grande. Marijaia era la gran protagonista: niños, mayores y concejales se afanaban por retratarse con la reina de la Aste Nagusia, ayer más floreada y colorista que nunca. Aunque el pregonero de este año también hizo méritos para posar con todo aquel que se acercaba. Por algo es responsable de la música «más internacional y más bilbaína que tenemos», según reconocía la concejala de Fiestas, Isabel Sánchez Robles.

El ambiente era de lo más variopinto: comparseros disfrazados de novios, cabareteras e incluso algún travestido se mezclaban con los miembros de la comitiva municipal. «Cada vez siento más las mariposas en el estómago. Es un privilegio poder vivir el txupinazo desde aquí», confesaba Sánchez Robles. Y los nervios no tardaron en explotar. En cuanto Kepa Junkera interpretó las primeras notas del himno oficial de la Aste Nagusia, toda la sala rompió a aplaudir entusiasmada, tarareando la popular canción y bailando al son de la música.

También abajo, en pleno corazón de la fiesta, los asistentes empezaron a cantar y bailar, pero quizá con menos elegancia. Chorros de champán y sidra que venían de todas partes rociaron a los asistentes, la mayoría comparseros. Entre líquidos y algún huevo seguido de harina o colacao, ni los más espabilados pudieron acabar impolutos. Aun así, muchos percibieron que este txupinazo había sido «menos sucio que otros años». Era el caso de Iban Sáez, de la comparsa Txomin Barullo, feliz ante «nueve días en los que hay que estar a tope». Peio Sáez de la Fuente, al que se le estaba «endureciendo la cara» por el impacto de un huevo, afirmó que «este año ha habido más gente y menos mierda». «Por lo menos se puede andar, que otros años te resbalas», valoró.

Los que creían en el txupinazo limpio también eran conscientes de que les iba a tocar poner una lavadora por la noche. Isabel Ormaetxea, comparsera de Mekagüen, se había mentalizado: «Es verdad que te pringas, pero ya sabes que vienes a esto», explicó. Pero quien realmente sabía donde se metía y, por eso, trajo «un cargamento de huevos y champán» fue Urko González. A este joven, enharinado de pies a cabeza, le costaba cerrar los ojos, al tener incrustado el ingrediente hasta en los párpados. «Ahora iré a tirarme del puente al río, a ver si me lavo», bromeaba, o eso esperamos. Como muchos bilbaínos, pensaba aprovechar la Aste Nagusia al máximo: «¿Esto es la sal de la vida! -proclamaba- Disfrutaré de estos nueve días hasta que el estómago se me pudra».

Pero no todo el mundo afrontaba la fiesta con ese espíritu de exceso y desafuero. Ángela Botero, una colombiana de 33 años, dejó claro que para divertirse en una fiesta hay que ir bien vestido. «A la guerra hay que ir preparado», ironizó, aunque ello signifique quedarse en el extrarradio y no ver de cerca al pregonero. Constantina Arranz y Ángel Gómez, de Santutxu, contemplaron abrazados desde una distancia prudente cómo se desarrollaba la fiesta. «Esto está muy animado y muy bonito, a nosotros los mayores nos hace falta esta alegría», decía Constantina, que desde hace 50 años no falta a las fiestas. «Yo lo paso de maravilla, aunque era más bonito cuando se soltaban las vaquillas -rememoró, joven a sus 77 años-. Ahora vamos a dar una vuelta por aquí y luego, a las txosnas a tomar un kalimotxo». Mientras tanto, su compañero de batallas se abastecía de nutritivos churros.

Porque ni la fiesta ni el txupinazo están reservados a los veinteañeros. María Jesús Ibarra, a sus 85, lo tiene claro: «Siempre que no estoy de vacaciones me gusta venir a ver el txupinazo, pero no hay manera de acercarse. Por la noche iré al teatro. Todo lo demás es para los chavales, pero me gusta la juerga: ¿Yo también bailo!», se reivindicaba. «No me parece bien que venga tanta gente mayor, son los que más estorban. ¿Por qué no se quedan en casa haciendo punto?», reía una bilbaína de unos 70 años que huía del agua que limpiaba las calles. «Esta mujer es incansable; ¿mañana toca ir a las barracas!», se quejaba su amiga, mientras caminaban rumbo a la mejor fiesta... ¿del mundo?
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