
EL PERFIL
Entre las 10.30 y 12.30, le sobra tiempo para vender los periódicos que guarda en el carrito y charlar con los clientes. Del clima, de las caravanas de colores de los holandeses, de las fiestas de Ondarroa y Gernika que concluyeron ayer, del terremoto de Perú... «La gente está de vacaciones, anda más tranquila y eso se agradece». Todos saludan, sonríen y esperan pacientemente el cambio. Incluso los hay que pretenden pagar con billetes de 50 euros, «porque con tanta felicidad se les va la cabeza...», refunfuña José. No hay cosa que le guste menos que los contratiempos en el trabajo. La venta debería ejecutarse «igual que un ballet», con fluidez, ritmo y sin tiempos muertos. Con un ejemplar de EL CORREO en la mano, José aguarda a su próxima pareja de baile...
Restaurante Mantxua
Son las doce y apenas le quedan tres periódicos. Puede permitirse un respiro: mira a un lado y a otro, da un par de zancadas rápidas y se apoya en la barandilla. Lentamente. Gozando el momento. «Luego me gustaría nadar un poco. A lo mejor vengo con Ana, mi mujer, después de que haya terminado su trabajo en el restaurante Mantxua, en Lekeitio», piensa en voz alta. Permanece allí unos instantes, con las manos entrelazadas y el cuerpo inclinado hacia adelante. No se ve ni una nube.
Dos chicos juegan a pala muy cerca. No fallan ni una, están perfectamente sincronizados. Como los resortes de un reloj suizo. Tac, tac, tac... José se deja llevar por los recuerdos. «De niño, yo vivía en Eibar. A los 7 años, mis padres me trajeron por primera vez a Karraspio...». Se detiene en seco. El viento ha empezado a juguetear con las páginas de los diarios y le acaba de devolver al presente. Al segundo, se encuentra en su puesto, serio y con la visera sobre los ojos, que son muy claros y sensibles a la luz del sol. No hay que perder comba. «En este oficio todo cuenta». De nuevo, se ajusta la gorra.









