LA OBRA
LA OBRA
El director Jérôme Savary procede del teatro alternativo, y desde 1968 con su Grand Magic Circus, 'De Moisés a Mao' o 'Adiós Mr. Freud' hacía lo mismo, pero acentuando los tonos críticos. La idea de usar géneros populares como el circo o la revista, estuvo en fórmulas como la española 'Castañuela 1970', y les precedía el cabaret político alemán de entreguerra. Savary convierte en fiesta lo que toca, hoy con acento en lo vistoso y musical. Al fin queda el regusto amable de un espectáculo que se deja ver, bien hecho, y que gana al final.
Música y sonido en directo, un buen ritmo con la dificultad de mantener el elenco internacional que lo estrenó en París. Algunos 'números' como el de la negritud componiendo un coro oriental, si fue así, recordaría el 'peligro amarillo' -1931, no se olvide--, y ahora parece un pastiche globalizador divertidísimo.
El escenario tiene apreturas en la primera mitad, con teloncillos de fondo de imposibles profundidades, para dejar paso en la segunda parte a la escalera ritual de las entradas fastuosas del music-hall. Dussarrat es un gran maestro de ceremonias, y Nicole Rochelle es brillante, de figura menuda para una voz dúctil y segura, y recupera con mérito timbres y gestos de su personaje.
Tampoco este será un testimonio definitivo, quien viera a la Baker en su día tendrá cien años, una edad desmemoriada. Los intérpretes se mueven bien incluso entre el público, son cómplices, sale un dragón y un elefante, agua de verdad, y el mismísimo Savary le hace zalamerías al público, toca la trompeta, canta y adoctrina, y anuncia la función de mañana, a las ocho y media. Un viejo y sapientísimo titiritero que vuelve a acertar.









