Lo he podido comprobar sobre todo, desde que utilizo el ascensor del metro por causa de mi rodilla. Mi rodilla se curó pero los añitos no y lo que hago ahora es usar el ascensor para subir, pero no para bajar. Por eso,a veces, cuando voy a bajar las escaleras, contemplo con pena a los jovencitos usando el ascensor para evitarse las pocas escaleras que hay entre el vestíbulo y el andén.
Y no sólo es en el metro donde se puede comprobar este espíritu de vagancia de la juventud, porque en cualquier edificio nos podemos encontrar con ejemplos decepcionantes. No hace mucho salía yo del despacho de un notario situado en un segundo piso y pude ver a una joven de aspecto sano y rozagante esperando el ascensor para bajar a la calle. ¿Criaturita!
Muchas veces he pensado que si los ascensores del metro se utilizasen para lo que en teoría fueron colocados, es decir para facilitar el acceso a las personas que no pueden subir o bajar escaleras, nos evitaríamos tener que leer tan a menudo esos avisos de 'El ascensor que no funciona'.
Entre los vagos y vagas, he podido ver algunos casos curiosos y les voy a referir uno de ellos. Lo protagonizó una señora un tanto gordita pero joven y de aspecto saludable, que tenía que cambiar de andén para coger el tren de la otra línea. Pero cuando estaba esperando el ascensor para subir al vestíbulo, observó que por la vía contraria venía el tren que ella pretendía coger para dirigirse a su destino, y como era evidente que en el ascensor no iba a poder alcanzarlo, decidió usar las escaleras. Les puedo asegurar que nunca había visto a una señora con aquel volumen, subir escaleras a tanta velocidad.
Casi a diario veo estos ejemplos de comodidad juvenil, pero me consuelo gritando mentalmente ¿Viva la vagancia!









