
En marzo, Rudolph Giuliani y su tercera esposa, Judith, aparecieron en una comentada entrevista publicada por la revista 'Harper's Bazaar' a modo de introducción para la candidatura presidencial del que fuera alcalde de Nueva York durante el 11-S. El texto estaba ilustrado con una foto a toda página de la pareja, con un beso apretado que parecía el preludio de algo más apropiado para 'Playboy'. «Rudy es un tipo muy, muy romántico», proclamaba la señora Giuliani, quien revelaba que tanto a ella como a su esposo con mucha testosterona les gusta ver juntos la empalagosa película 'Sleepless in Seattle' ('Algo para recordar') protagoniza por Meg Ryan.y Tom Hanks.
Con la primavera, Jeri, la joven y voluptuosa segunda esposa del presidenciable ex senador y actor Fred Thompson, también dio que hablar con un vestido escotado que en Hollywood no hubiera llamado mucho la atención, pero que en Washington resultó inolvidable. También fue bastante comentado en esa época el 'tour' de su casa en Arizona ofrecido a la cadena Fox por Cindy, la también segunda y atractiva esposa del senador John McCain, quien para la ocasión apareció con mucho maquillaje, mucho pelo teñido y una especie de blusa rosa, ajustada y escotada.
Sin mencionar toda la morbosa tormenta de verano generada recientemente por Robin Givhan, la muy observadora crítica de moda de 'The Washington Post', que se atrevió a analizar detalladamente en un amplio reportaje ilustrado el masculinizado vestuario utilizado por Hillary Clinton en su actual faceta como candidata presidencial. La premio Pulitzer cruzó la raya al comentar la blusa ligeramente escotada empleada por la senadora durante un discurso en la Cámara Alta, lo que acarreó toda serie de reproches al periódico por concentrarse en el cuerpo y no en las ideas de la primera mujer con posibilidades de convertirse en presidente de Estados Unidos. Barack Obama, competidor de Hillary en la carrera a la Casa Blanca, tampoco es ajeno a estas demostraciones sensuales y cariñosas en público con su esposa.
Todas estas circunstancias, impensables en otros tiempos, han servido para plantear todo un curioso debate sobre sexo y política. Una combinación que tradicionalmente en EE UU se ha limitando sobre todo a escándalos tan sonados como el de Bill Clinton y la becaria, pero que en estos tiempos aparentemente más tolerantes provocan planteamientos sobre hasta qué punto de 'sexy' puede llegar a ser una 'first lady' o hasta dónde pueden llegar las demostraciones publicas de un afecto entre un candidato presidencial y su pareja.
Una buena parte de esta polémica se encuentra alimentada en este ciclo electoral por el abultado número de aspirantes a la Casa Blanca divorciados y que se han vuelto a casar con 'esposas trofeo', y de solteros empedernidos que han sentado cabeza con parejas bastante más jóvenes. El senador republicano McCain tiene 18 años más que su mujer, y Giuliani, 11 de diferencia. El senador demócrata Chris Dodd también le saca 18 años a su esposa, Jacki. Más los 24 de diferencia del ex senador republicano Thompson. Aunque el récord se lo lleva el demócrata Dennis Kucinich, que es 31 años mayor que su todavía veinteañera esposa.
Reflejo de la cultura
Elizabeth Sherman, especialista en sociología política, se atrevió a argumentar en las páginas de 'Los Angeles Times' que todo lo que se está viendo en esta larga campaña presidencial «es un reflejo de lo que está ocurriendo en la cultura popular de Estados Unidos, una cultura cada vez más concentrada en torno a mujeres jóvenes y atractivas, en torno a una sexualidad ostensible y desplegada para que todo el mundo la pueda apreciar».
En opinión de Pepper Schwartz, profesora de la Universidad de Washington, la realidad es que «la sexualidad tiene un poder inconsciente, que traspasa el cerebro racional y se dirige al circuito emocional». Una terreno glandular donde muchas veces también opera la política.
Para Camille Paglia, profesora de la Universidad de las Artes de Filadelfia, todo este despliegue de cuestionable afecto público está siendo coreografiado con el objetivo de atraer el voto femenino. Una táctica que, a juicio de esta combativa ensayista, tiene sus limitaciones, ya que «a una gran mayoría de las mujeres estadounidenses no les gusta ver a las esposas con las manos y los labios sobre sus respectivos hombres». La campaña de Giuliani insiste en que el ya famoso beso publicado 'Harper's Bazaar' fue algo «totalmente espontáneo».







