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terremoto en perú
El hambre de Pisco no cree a Alan García
El presidente peruano asegura que las ayudas llegarán a los más necesitados, pero la mayoría de los damnificados por el terremoto siguen sin agua ni comida
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El hambre de Pisco no cree a Alan García
REPARTO. Una madre y su hijo pasan el cordón de la Policía Nacional después de recoger ropa y alimentos enviados a la localidad de Chincha. / EFE
Sin cesar las réplicas del terremoto del miércoles y en medio de una desordenada distribución de la abundante ayuda humanitaria, el presidente de Perú, Alan García, aseguró ayer que las contribuciones llegarán a las manos de los necesitados y no se quedarán en el camino de los que intentan sacar beneficio de la catástrofe. García agradeció la llegada a la zona siniestrada del mandatario colombiano, Álvaro Uribe, y pidió consejo al equipo de especialistas que le acompañaron.

Cinco días después del terremoto que asoló la ciudad de Ica, se ensañó con las localidades de Pisco, Chincha, Paracas y San Andrés, la comida, el agua y el abrigo siguen sin llegar a la mayoría de la población afectada. Sin embargo, el Gobierno insiste en que el dispositivo de rescate se está desarrollando según lo previsto y resta importancia a las protestas de la gente. Ayer, según informaciones oficiales, sumaban más de quinientos los cuerpos recuperados. Se estima que todavía quedan un centenar de cadáveres bajo los escombros.

Las dos caras de la tragedia se descubren sobre el mismo terreno. En primera línea, el rostro hambriento de miles de personas que todavía no han visto una lata de atún, una vaso de leche o un puñado de habas, sustento que alcanzó ayer a los más afortunados. En otro ángulo, la visión que ofrece el Gobierno de la situación actual: «Estamos asegurando el flujo de alimentos y de agua potable ( ) Está llegando ordenadamente por vía aérea y barcos» y «en diez días», la zona estará completamente abastecida y comenzarán los trabajos de «limpieza» en la zona siniestrada.

García pidió la colaboración de la prensa -a la que criticó por cargas las tintas en los efectos del seísmo- para que informe a la población afectada, «donde puede dirigirse para obtener ayuda» ya que hay una docena de centros habilitados. Asimismo, garantizó que la misma se está repartiendo «con prudencia, orden y honestidad» para que «no se vuelva a repetir» lo sucedido en catástrofes anteriores que la cooperación se quedaba en manos de los intermediarios.

Sin energía eléctrica en Pisco, la ciudad más afectada, García explicó que todavía no se puede restablecer el suministro, «porque sería peligroso» . La ciudad, de 130.000 habitantes, ha quedado en un 85% reducida a escombros. Los postes de la luz y los cables de alta tensión están atravesados en las calles, «esta circunstancia podría provocar un incendio», insistió.

El presidente de Colombia aseguró que «estamos viendo los planes» de reconstrucción y «esto va a quedar mucho más bello».

En la recta final la fase de rescate de cadáveres, el jefe de bomberos del servicio peruano, Roberto Vera, suplicó a las empresas de construcción que «envíen equipos profesionales de apuntalamiento. Necesitamos tubos de hierro y asesoría de ingenieros en labores de demolición porque en el hotel Embassy estimamos que hay atrapados más de cuarenta cuerpos. Están en avanzado estado de descomposición y se corre el riesgo de que comiencen a generar problemas sanitarios».

Rescate imposible

Todos los intentos de rescate en este hotel, el más grande de Pisco antes del terremoto, han sido un fracaso porque «cuando entramos se desmorona». De seis plantas ha quedado reducido a dos que se mantienen en permanente equilibrio y con precipitaciones intermitentes que responden a la frecuencia de los temblores que continúan reproduciéndose. El último, de cinco grados de intensidad, se registró pasadas las ocho de la tarde del sábado (tres de la madrugada en España).

En este escenario, el equipo de bomberos de la ONG española K-9 De Creixell, decidió ayer abandonar Perú después de denunciar falta de seguridad en la zona. «No sé quién ni contra quién disparaban, sólo sé que nos tiramos al suelo porque las balas pegaban en las paredes donde estábamos». Pedro Frutos, jefe de la delegación, la única que dispone de «dos perros especializados en olfatear cadáveres», dijo que junto a su equipo la noche anterior, «permanecimos unos quince minutos tirados en el suelo y pidiendo ayuda pero nadie vino en nuestro auxilio», pese a que en las proximidades había efectivos del Ejército.

Informado del problema, el presidente García se entrevistó posteriormente con Frutos y le dijo: «El que tenga miedo que se marche». Frutos advirtió de que «el caos reinante es uno de los peores que he visto y he estado en nueve terremotos. Nosotros venimos a ayudar, nos hemos pagado el billete de nuestro bolsillo y nos asignan misión». Es en esta situación en la que decidieron «volvernos a casa». Por su parte, los Bomberos Voluntarios de Perú, advirtieron que «ese grupo de españoles ha funcionado de forma independiente desde el primer día. Si hubieron dicho donde iban habría recibido apoyo».
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