
Por si acaso, las familias se presentaron a la cita pertrechados con chubasqueros y paraguas en mano. Ajenos a las inclemencias del tiempo, los niños se emocionaban mirando cómo Baly daba las gracias con su agua a todos los asistentes a la celebración del nacimiento de su primer hijo. Por su parte, el orgulloso papá celebraba el alumbramiento lanzando confeti por sus tentáculos.
Cada carroza era un no parar para los más pequeños, que trataban de subirse para saludar a todos los personajes. La loca carrera entre un conductor malvado y un científico loco despertó múltiples carcajadas entre los asistentes. La victoria final del ingenioso científico fue celebrada por todos. Las cabriolas de los zancudos arrancaron más de un ¿huy! del público al rozar la caída.
Entretanto tanto, unos seres surgidos de las aguas no paraban de hacer carantoñas a los asistentes, mientras los avezados tripulantes del barco volador que cerraba el desfile hacían cabriolas subiendo y bajando por sus redes para limpiar la cubierta de la embarcación.
Un grupo de extraños personajes, que se comunicaban con un lenguaje bastante singular, llenaron la Gran Vía de confeti, excusa perfecta para iniciar una 'guerra' con el público..
Mucho confeti
Irene, de nueve años, llegó desde Algorta al centro de Bilbao acompañada poro sus padres Ana y Kepa. Como muchos, esta familia getxotarra no tenía muy claro si el tiempo acompañaría. Ante la amenaza de lluvia, Irene, «nerviosa» por ver a la Ballena, encontró el lado bueno a la situación.«Si llueve será mejor porque parecerá que Baly acaba de salir del mar», se felicitaba la pequeña. La madre confesó que son asiduos. «No nos perdemos ni un desfile», afirmó.
Asier, con sólo cuatro años demostró ser de los mejor informados. «El pulpo y la ballena se casaron hace mucho y ahora han tenido un bebé», anunciaba el chaval. Marisa, su madre, perpleja de la cantidad de confeti y de papeles que volaban por los aires, quiso resaltar el «impresionante despliegue de limpieza que hay cada año».
Quien no estaba tan al día como Asier era Jasone, la madre de Martí, de tres años. «Yo creía que la Ballena había tenido una pequeñita», exclamó al ver al Besugo. «Aun así, me parece muy original», dijo entre risas.
Carlos, equipado con una mochila llena de chubasqueros, demostró ser un padrazo al acudir a la cabalgata él solo con sus tres hijos, Ekain y Kerman, gemelos de siete años y Xabier, de dos. «Los críos disfrutan y vale la pena hacer el esfuerzo», afirmaba. Baly, que de tanto en tanto rociaba al público con un chorro de agua que salía de su lomo, no fue la única protagonista. «A los niños les llama más la atención el pulpo porque tira confeti», decía mientras los chicos corrían asombrados por las carrozas.
A la altura de la plaza Moyua, muy poquitos eran los que no estaban en la acera. Una era Loly, que guardaba el cochecito de su nieto Martín, de año y medio. «El pequeño está con el aitite en primera fila disfrutando de la ballena». Aun así, esta bilbaína aclaró que «con niño o sin niño, mi marido y yo venimos todos los años».









