
A las 21.20 horas se dirigió a la estación de Plentzia para regresar a su casa. «Esperé 20 minutos a que llegara el metro y como estaba muy cansada me quedé profundamente dormida nada más sentarme dentro del vagón», relata la joven. Tanto que se pasó todas las estaciones, un trayecto en el que el suburbano tarda en realizar algo más de 45 minutos, según explicaron fuentes de Metro Bilbao.
«Cuando desperté todo estaba oscuro. ¿Sentí terror! Estaba alucinando porque no se veía nada. Intenté llamar por el móvil, pero, ¿casualidad!, se había quedado sin batería», comenta. Lo primero que se le ocurrió a la joven fue golpear los cristales del vagón y pedir auxilio. «Chillé con todas mis fuerzas. ¿Que qué gritaba? Pues ¿socorro que estoy aquí¿ ¿Que alguien me saque!». Nadie escuchó las llamadas desesperadas de la joven, cuyo relato del curioso suceso es muy detallado: «así estuve un buen rato», recordaba días después.
«Como no veía nada en la oscuridad intenté encontrar alguna solución para salir de allí. Se me ocurrió dar a la alarma», rememora. Pero aquello resultó más complicado de lo esperado, porque empezó a dar golpes y se produjo heridas en la mano. «Encima de que no se veía nada, no tengo mucha fuerza, por lo que tuve que romperlo a trocitos y me hice cortes en la mano. Podían poner un sistema un poco más sencillo», se queja.
Al rato entró en una nueva etapa. En una especie de resignación angustiosa. «Estaba preocupada por mis padres. Es que no entiendo cómo una persona se puede quedar encerrada allí dentro y que nadie inspeccione los vagones. Le puede pasar a cualquiera, incluso a alguien que vaya a trabajar. Me pareció eterno», confiesa.
Signos de embriaguez
Al de unos minutos se encendió la luz de un metro estacionado al lado y volvió la esperanza para la chica, que comenzó a golpear los cristales y a gritar de nuevo. Pronto apareció otra empleada de la limpieza que le abrió las puertas y, pasados unos pocos minutos, llegó un vigilante. O. B. descubrió, sorprendida, que estaba en las cocheras de Basauri. Los empleados le informaron de que le daba tiempo a coger el último suburbano de vuelta a Sopelana, a las once de la noche.
Fuentes de Metro Bilbao aseguran que «el conductor no vio a nadie dentro cuando dejó la unidad estacionada. Ellos suelen mirar por costumbre». No obstante, admitieron que, «aunque es extraordinario, alguna vez ha pasado algo parecido. Sobre todo cuando hay servicio continuado; durante las fiestas, los viernes o sábados». En el caso de la joven de Sopelana, las mismas fuentes mantienen que su encierro «no se debió al cansancio, sino a que presentaba síntomas de embriaguez».









