
Además, se da la circunstancia de que el protagonista es capaz de adivinar quiénes van a morir, con lo cual, el giro de la trama adquiere tintes necrofílicos. El problema es que, tal y como nos lo cuenta el voluntarioso Patrick Lussier ('Drácula 2001'), el asunto adquiere tintes grotescos. Así pues, previsible secuela de un filme que tampoco era nada del otro jueves, pero que, al menos, tenía a Michael Keaton de protagonista.
Esta vez le sustituye el poco de fiar -interpretativamente hablando- Nathan Fillion, que no cambia de expresión prácticamente durante toda la película, nada inspirado en su intento de transmitir al espectador su angustia interior, sus habilidades a la hora de interpretar los sonidos electrónicos y de ponese en contacto con los muertos. De ahí que la abulia termine por imponerse y nada sabemos de aquéllos que sufren en silencio.






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