
Hace unos años, en la época del santo carrete, ibas por la calle y se te acercaba educadamente un turista para pedirte que le sacaras una foto. El turista te indicaba cuál era el botón de disparo, y tú vivías tu momento de gloria; te convertías en el fotógrafo oficial de esa pareja de enamorados noruegos, que dependían de tu arte para inmortalizar el momento. Les indicabas la pose ideal con un movimiento de muñeca, sacabas la foto y les guiñabas el ojo como diciendo: «ha salido bien». Te daban las gracias y seguías tu camino con la conciencia tranquila, porque el revelado te pillaría a miles de kilómetros, estuviera bien enfocada o no.
Ahora, con las digitales, te paran para que saques la foto, disparas y alargas el brazo para que vean en la pantallita el resultado. Tú, que no eres nadie en su vida, te tienes que quedar esperando unos segundos a que el matrimonio apruebe la foto, como si estuvieras en una escuela de fotografía. En el mejor de los casos te dicen que lo has hecho bien y te dejan ir. Pero casi siempre has pillado a uno de los dos con los ojos cerrados y hay que repetir, incluso varias veces. Y con cada nueva foto, a pasar el examen del revelado inmediato. Cuando la instantánea queda más o menos apañada, te miran como diciéndote: «ya te puedes ir», y tú, humillado, les das las gracias. Pasen buen día.







