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JOSÉ MARÍA POU, ACTOR
«Soy Dios»
El actor catalán hipnotiza con su físico y lo sabe: «Me dan personajes de poder y autoritarios»
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«Soy Dios»
Criterio. «No hago sólo lo que me pide el director, discuto con él». / Luis ángel gómez
Con su cara «poliédrica» y sus 196 centímetros, Pou resulta inquietante sin pretenderlo. Mejor no recordar la última vez que actuó en la Aste Nagusia. Bilbao quedó anegada por las inundaciones de 1983. Vuelve ahora como un arquitecto enamorado de una cabra. En el escenario del Euskalduna, Pou es una bestia.

-Le miro y miedo me da.

-¿Sí? ¿Pero le inquieto yo? ¿Le inquieta mi personaje?

-Ambos.

-Eso es bueno. Me gusta interpretar personajes que tienen dobleces y muchas capas; digamos que son, y perdón por la pedantería, poliédricos. Que nunca se sabe cuál es su cara buena y su cara mala. Que tienen, en definitiva, muchos rostros.

-Eso de enamorarse de una cabra...

-Nunca he tenido una experiencia así, pero estoy seguro de que si rascáramos un poco... ¿Cuántas personas de esas que tienen perros y gatos en casa no están locamente enamoradas de ellos sin saberlo!

-¿Se mire por donde se mire a una cabra... !

-El amor es una transferencia afectiva fundamental y enfebrecida y hay gente que la ejerce con... ¿No hay más que leer las lápidas de cementerios de animales! 'Has sido el gran amor de mi vida', 'Sin ti, no sé cómo podré continuar viviendo'... Lo que nadie ha podido documentar aún es si es una transferencia de ida y vuelta.

-¿Los amantes de las cabras también tiran para el monte?

-Sí. Eso siempre es bueno. Todo lo que sea subir, a nivel profesional o personal, es positivo. ¿Aunque sea siguiendo a una cabra!

-En el amor de la mano se empieza, pero con una cabra ¿se toma la patita?

-Ja, ja. ¿Cuántas manos tristemente hay por el mundo que te las dan y parecen patas!

-Los humanos terminamos comportándonos de manera animal.

-Demasiadas veces, ¿pero es que somos animales! Racionales, hasta cierto punto, pero animales.

-Aun sin el uniforme del inspector Ferrer se le queda cara de policía.

-Ja, ja. Cuando los personajes están tan bien escritos y son tan potentes, quieras o no, no es que se te quede la cara del personaje, ¿es que le prestas la tuya!

-¿Les roba algo?

-¿Ellos a mí! Yo les presto mi personalidad. Todavía me paran policías por la calle. Uno me soltó hace poco: 'Es un actor estupendo, pero no me creo que sea un policía'.

-¿Qué alegó?

-Que me movía y tenía el aspecto de un catedrático de universidad. Dijo: 'Es muy difícil hallar en comisaría a alguien con pinta de intelectual'.

-¿Los actores viven tantas vidas al sentirse frustrados con la suya?

-Al contrario. Mi personalidad está enriquecida por los 200 personajes que habré hecho desde los setenta.

-¿Quién es Pou?

-La suma de todos. Transformado, reelaborado y rumiado, como las vacas.

-Fue el Rey Lear y pronto cambiará el uniforme policial por el de Monseñor Aguirre, ambicioso e intrigante. ¿Le gusta tocar poder?

-No. Uno viene condicionado por su físico, su mirada... El 90% de los personajes que me ofrecen tienen mucho poder, mucha autoridad...

-¿Por algo será!

-Leí hace poco un informe de unos psicólogos americanos que reconocían que las personas de altura son las más preparadas y adecuadas para los cargos de responsabilidad. Y que la gente hace más caso a un señor alto que a uno bajito.

«Veo el futuro»

-Curioso.

-Por eso me llaman a mí corriendo en cuanto aparece un personaje que tiene que ordenar y regañar mucho. He hecho montones de cardenales, jueces, directivos de empresa, catedráticos...

-Tras 'Mar adentro', ¿le ha cogido gusto a las sotanas?

-Ja, ja. Además de estar tetrapléjico, el pobre cura de Amenábar era un poco miope.

-Dirige, interpreta, adapta y produce... ¿Hay quien dé más?

-Hombre, claro. Hay gente capaz de hacer muchas más cosas y con mejores cualidades que yo.

-¿Dirige para que no le manejen?

-No. Dirigir no es manejar. Aunque por disciplina y contrato debo acatar el criterio del director, me gusta trabajar y discutir mucho.

-También habrá actores cobardes. -¿Me lo acaba de quitar la boca! Algunos son tan cómodos que prefieren decir: 'No, yo hago lo que me diga el director. Y nada más'. ¿Eso no es ser actor! Un creador nunca puede ser pasivo.

-Antes de la función se convierte en espectador al esconderse tras el telón y observar al público mientras se va sentando. ¿Tiene alma de fisgón?

-Antes se podía hacer y era precioso porque los telones tenían un agujero por el que 't-o-d-os' los actores mirábamos. Yo viví una sensación fantástica que me gustaría repetir. Haciendo 'Antígona' hubo un momento que dije: '¿Coño, ser actor es casi ser Dios'.

-¿Por qué?

-Intervenía sólo en la última parte. Me podía permitir el lujo, antes de empezar la función, de sentarme en una cafetería desde donde veía llegar al público al teatro.

-¿Y?

-Aquello me producía un placer increíble. Decía: 'Yo sé lo que va a ser de la vida de esas personas en las dos próximas horas y ellos no lo saben aún'. Yo era Dios.

-Todopoderoso.

-¿Claro! Sabía que iban a reír y llorar en un momento determinado. ¿Conocía su futuro próximo!

-¿Y eso le proporcionaba placer?

-Es una sensación rara, de placer, poder, autoridad, privilegio...

-¿Aún se queda solo mirando el teatro completamente vacío cuando todo el mundo se marcha?

-Me gusta muchísimo.

-¿También se siente como Dios?

-Ja, ja. No sé cómo se siente Dios, pero me hipnotiza ver ese agujero negro y saber que ha estado lleno de 400 personas que respiraban y no se conocían entre ellas.

-¿Sigue creyéndose un «niño grande con sus 196 centímetros?

-Soy muy ingenuo. Quiero seguir siéndolo como cuando era niño. Quiero saberlo y entenderlo todo. -¿La gente le mira desde abajo?

-Sí. Físicamente, pero ya procuro yo agacharme y ponerme a la altura para ... ¿ser más asequible! No me gusta obligar a la gente a mirar hacia arriba.

-¿Lo miran como a un señor muy serio y cabreado?

-Es la imagen que doy. No sé si cabreado pero noto que la gente me mira con una cierta prevención y respeto. Soy un señor alto que impresiona. Hay gente que me mira y sigue viendo al policía, al juez, al cura...

-Con usted, ¿el mundo ganó sumando un actor o perdiendo un frustrado periodista?

-Mi primera vocación fue la de ser locutor de radio. Si fuera periodista lo tendría muy mal para trabajar con dignidad en muchos programas de televisión.

-¿Le damos miedo?

-No, en general. Pero algunos son inquisidores terribles como de la Edad Media. Hablo muchísimo y no mido ninguna de mis palabras.

-Cargado de premios, ¿se siente el mejor?

-Sería un estúpido si me creyera el mejor. Se me cae la baba viendo a Michael Gambon e Ian McKellen. Y de las superestrellas me gustaría parecerme, aunque fuera una décima de milímetro, a Al Pacino.

-«Sólo en la soledad hallo mi plenitud». Con perdón, ¿está como una cabra?

-Ja, ja. No soy un ser asocial, pero con nuestro oficio, rodeado de gente por todas partes, defiendo con uñas y dientes parcelas de soledad e independencia, incluso dentro de la pareja.
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