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Contra viento y marea
Es coordinador de los socorristas en Plentzia, Gorliz y Astondo, atleta de triatlón y estudia Maquinaria Naval
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Contra viento y marea
Sabe imponerse, no le cuesta ningún esfuerzo. O, por lo menos, se le ve entrenado. Trabaja como socorrista desde los 16 años y ahora, con 22, también es atleta de triatlón (atletismo, natación y ciclismo). No baja nunca la guardia ni se le pone la piel de gallina aunque caigan chuzos y sople un viento que hace temblar los mástiles de los banderines. Se pasea por la orilla a grandes zancadas, como un mariscal en bañador. «Soy el coordinador de tres playas -Plentzia, Gorliz y Astondo-, así que debo estar a todo», asegura con los brazos cruzados en el pecho y mirando hacia el mar, donde apenas se distinguen las cabezas de los surfistas que se empeñan en plantar cara al oleaje.

Le tiembla la barbilla. Si no se encontrara de servicio, se tiraría sin vacilar. Y aguantaría en la cresta de la ola más que el resto. «Siempre que tengo tiempo practico surf, ¿también en invierno!», revela con la voz ronca de entusiasmo. Le encanta llegar hasta el límite de sus fuerzas. No lo puede evitar, es su estilo de vida... Durante el año, afronta jornadas maratonianas sin perder el paso: «Estudio Maquinaria Naval, que compagino con las clases que doy como monitor de 'spinning' y el entrenamiento, porque formo parte de la selección de triatlón de Euskadi».

Ha parado de llover y unos pocos rayos de sol se filtran entre las nubes. Estira los brazos y mueve las piernas para desentumecerlas. Se acerca la hora de comer y el día parece que acabará remontando. Mientras camina, se pone las gafas de sol y reconoce que los vaivenes del tiempo nunca le sorprenden tanto como los bañistas. «Me han llegado a preguntar 'oye, chico, ¿tienes fotocopiadora en el puesto?', o 'a ver, ¿dónde se alquilan viseras...?'». Pero no se queja, que todo ayuda: tras seis años de servicio de cara al público, tiene las espaldas más anchas.

Hermana abriendo brecha

Aquí ha pasado todos los veranos de su adolescencia, desde que sus padres se compraron una casa cerca del mar, y a veces le da la impresión de que la bahía se ha convertido en una prolongación del barrio. «¿Todo me resulta tan familiar! Mi hermana era socorrista en este mismo sitio...». Y señala con la cabeza el puesto de vigía, con los pies clavados en la arena.

Íñigo se encuentra en sus dominios y eso le agrada. Le gusta saber por dónde pisa. Por eso optó por la carrera de Maquinaria Naval: «Mis tíos de Gerona tienen barco y eso me marcó, no tardé en darme cuenta de que era lo mío». Se deja guiar por su intuición y, sobre todo, por su fuerza de voluntad: resiste, suda la camiseta y su única preocupación durante el verano es que nadie se hunda. «Quiero seguir a este ritmo. Y luego, ya veremos. La vida me llevará... Eso sí, ¿no iré a la deriva!».
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