Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |

Local

Estás en: El Correo Digital > Local
FIESTAS DE BILBAO
¡Que empiece la función!
Tras la estelar carpa del parque Etxebarria se esconde un universo de magia donde conviven artistas de todo el mundo con una misma pasión: el circo
22.08.07 - 09:24 -
Vota
0 votos

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
Carteles de vivos colores adornan las farolas de la ciudad. Un paseo de títeres, fieras, equilibristas y bufones que conducen hasta la estelar carpa vestida de blanco y rojo. Los altavoces vocean «el mayor espectáculo del mundo» sobre un fondo de trompetas. Iker tiene cinco años y es la primera vez que atraviesa de la mano de sus padres, la lona que esconde el mundo de sus fantasías. Dentro, los asombrosos barristas comparten escenario con tigres y elefantes, un grupo de presumidos payasos se retocan el maquillaje y el jefe de pista se desgañita para poner orden en un microcosmos que perdería todo su interés si estuviera ordenado. Iker acaba de entrar en el Gran Circo Mundial y en las próximas dos horas soñará sentado mientras el olor extraño de los animales y el bailoteo de los focos por la carpa le mantendrán atento. Si se porta bien le han prometido un algodón dulce de color rosa. La función empieza, mandan silencio.

The medina brothers. Acróbatas de Motos
«La emoción nos arrastra al peligro»

Jesús tiene un año más que Iker y ya sueña en convertirse en un héroe. Cada día se introduce con su pequeña moto en el interior del globo metálico en el que su padre y sus tíos se juegan la vida. Es una esfera de 3,8 metros de diámetro, «la más pequeña de Europa». Dentro, Octavio, Alonso y Miguel realizan juegos acrobáticos sobre dos ruedas a más de 110 kilómetros por hora. El niño entrena para ser como ellos y no tiene miedo a la caída. «Si fuera por él ya estaría dando vueltas», comenta orgulloso su padre. El interés por el riesgo le viene de sangre, pero también su valentía. Con sólo doce años, un primo suyo se estrelló contra las rejas. Sobrevivió milagrosamente después de 17 días en coma. Pero la adrenalina de su buena suerte le siguió empujando hacia la pista. Ahora él es su modelo a seguir. «El peligro te llama. Cuando uno se cae ya está pensando de nuevo en levantarse. Otra gente diría ‘no me vuelvo a meter ahí’, pero la emoción nos arrastra de nuevo a la esfera», detalla Octavio, uno de sus tíos. Este mexicano de 22 años arriesga su juventud por sentir el calor del público. «Lo normal son las rodillas rotas, los codos lesionados, alguna costilla reventada. Todo lo que es hueso se rompe, pero no pasa nada. Un par de clavos y ya está», ironiza sonriente.
Peter, ‘Baloo’, ‘Iki’ y ‘sky’. Humoristas
«No hay un espectáculo igual»

Se abre el telón. En escena aparecen un asno, dos perros y un extraño personaje disfrazado de granjero. ¿Cómo se llama la película? : Los mundos de ‘Baloo’. ¿Un burro en el circo? Sí. ‘Baloo’ es un gracioso borrico de cinco años y origen austriaco. Sale a la arena con paso firme y las orejas bien estiradas. «Es todo un profesional, siempre hace bien su trabajo y cuida mucho los detalles», confiesa Peter, dueño y familia del animal. Su entrenamiento es riguroso. «He probado durante un año cómo reaccionaba. Cuando no lo hace bien le corrijo hasta que al final coge ‘tablas’», anota. Pero no sale solo ante su público, dos perros artistas le acompañan para despistar a un chistoso granjero inglés que intenta sacar sonrisas con su particular humor. En los 29 años que lleva trabajando con este espectáculo, el cómico ha compartido escenario con dos burros. El primero de ellos descansa ahora ‘a papo de rey’ en una pensión de Austria después de 20 años de duro trabajo en el circo. «El número ha pasado de generación en generación desde hace 50 años, cuando a mi abuela se le ocurrió la gran idea. No hay un espectáculo igual en el mundo», se enorgullece Peter.

Garcia’s Brothers. Trapecistas
«Siempre trabajaré en el circo»

Pablo García, de 43 años, parece haber aterrizado en el Circo Mundial desde una lejana galaxia. Mantiene el equilibrio sobre un cohete de la Nasa que vuela haciendo círculos y además realiza las más difíciles acrobacias. Un trabajo de extraterrestres que le ha permitido codearse bajo la lona con las más lejanas estrellas. «He compartido escenario con Cary Grant y los Gipsi Kings entre otros». Incluso ha sido capaz de dejar con la boca abierta a uno de los ex galácticos más conocidos del mundo. «Ronaldo vino a ver el espectáculo y le invitamos a participar. Pero no se subió al cohete porque tenía miedo, decía que se iba a hacer daño». El futbolista brasileño se decantó por hacer gracias con los payasos.
Desde los nueve años, el trapecista y sus hermanos se han dedicado a mantener su cuerpo en forma para dar piruetas en el aire. Ese ha sido su destino. «No tuve ninguna otra opción. Ves lo que hacen tus padres y al final te acaba gustando. Nunca me he parado a pensar en otro trabajo», reconoce García. «Pienso retirarme algún día, pero me mantendré ligado al circo. Hay otras cosas que hacer aquí aparte de las acrobacias». Él lo tiene claro, el circo siempre será su vida.

Luis, Carletto y Lalo. Payasos
«Hacemos caritas frente al espejo»

Luis, Carletto y Lalo arrastran desde pequeños su vocación circense. Su mayor virtud es hacer reír a la gente, una cualidad que trasladan al mundo real después de cada función. «A parte de nuestro trabajo, el circo es nuestro modo de vida». Sólo hacen falta un par de minutos para darse cuenta de ello. «Cuando llevas tanto tiempo en el circo se te pone la cara blanquita como a este señor», dice Carletto señalando a Luis. «La verdad es que estás muy pálido, ¿te pasa algo?», añade con ironía Lalo. Ambos forman parte de la cuarta y quinta generación de payasos en sus familias y ya han pasado más de 35 años desde que sintieran la llamada de la carpa.
No les hace falta preparar sus números porque tienen esa chispa innata para provocar sonrisas. «Antes de cada función corremos 20 kilómetros, estiramos... y después nos miramos al espejo y ponemos caritas», relata un risueño Carletto. Desde que emprendieran su primera gira han viajado por todo el mundo con sus caravanas y confían en seguir haciéndolo por muchos años más. «El circo siempre gustará a la gente. En cada función se producen emociones que no se pueden obtener de ninguna otra»
Vocento
SarenetRSS