
El paraguas se ha hecho imprescindible estos días./JORDI ALEMANY
Qué manera de llover. A los riesgos habituales que entraña la Semana Grande hemos de sumarle este año el de morir ahogados. Debe ser cosa del cambio climático, eso está claro. Creo que Al Gore ya dijo algo de que estas fiestas iban a ser unas fiestas submarinas. Pobre Mari Jaia, con lo que ella cuida su peinado para las grandes ocasiones. Por cierto, ahora que lo pienso no sé si me da más miedo Mari Jaia o Al Gore.
El mediodía del martes cayó un chaparrón que nos hizo temer que las txosnas terminasen flotando por la Gran Vía. Fue un momento duro: la gente no se atrevía a salir de los bares. Lo curioso es que, cuando dejó de llover, la gente decidió seguir dentro de los bares. La población civil, en fin, es un colectivo impresionable.
Pese a todo, no parece que la concatenación de diluvios haya logrado aguar las fiestas. Algunas actividades han tenido que cancelarse, eso sí, y creo que Álex Ubago tuvo que acortar su concierto ante el riesgo de que alguien terminase electrocutado, y no precisamente por el voltaje lírico de las baladas del trovador donostiarra.
Tampoco parece que la lluvia de estos días haya logrado estropear el ánimo de la ciudadanía. La gente está en la calle. Quejándose del tiempo y del precio de todo, pero en la calle. Lo cierto es que, visto lo visto, haría falta un tsunami para que algunos suelten el vaso.
Es raro vivir las fiestas con paraguas, pero eso es algo que tampoco importa mucho, especialmente porque hay que ver lo poco que tarda uno en dejarse olvidado el paraguas en cualquier sitio. Parece que las predicciones meteorológicas no son demasiado optimistas y que hasta el fin de semana seguiremos dudando si salir a la calle con flotador. Lo mejor será no darle muchas vueltas y pensar que al menos ya tenemos de qué hablar con aquellas personas con las que nunca sabemos de qué hablar. Qué tiempo más malo está haciendo, oye que no para de llover, parece que estamos en noviembre, bla, bla, bla.
Un asco
Frente a la plaza de toros hay un vendedor que cada año trata de convencernos de la necesidad de comprarle un impermeable colorista avisando de que llega «la nube negra». Parece evidente que esta vez la nube ha llegado con todas sus hermanas y ha decidido quedarse por aquí. El cielo de Bilbao es el fondo de un cenicero sucio. Se diría que nos hemos mudado a Liverpool sin darnos cuenta, y que en Liverpool está haciendo un asco de tiempo. Antes de salir de casa, echamos un vistazo por la ventana y no sabemos si asustarnos o echarnos directamente a reír. Horas después, regresamos empapados, chorreantes, hechos una sopa, con los zapatos transformados en peceras. Por las mañanas nos sentimos fatal y no sabemos muy bien si tenemos resaca o neumonía. O las dos cosas, que de todo puede ser.