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Familia sin fronteras
Es de Burkina Faso, está casada con un lekeitiarra y todos los días viene a Isuntza con el pequeño Xabier
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Familia sin fronteras
Tiene poco más de un año y ya se tira de cabeza al agua. Y cuando lo sacan, ni llora, ni se retuerce, ni pone cara de asustado. «Se tira de nuevo...», se queja Hemata Dama, con el pequeño Xabier entre los brazos, que lucha por zafarse con uñas y dientes. Vienen todas las mañanas a Isuntza y siempre se monta la misma función: a Hemata le toca correr de aquí para allá mientras el crío va por libre, lo mismo decide hacer un 'sprint' entre las sombrillas que se cuela en las duchas. «¿Me vuelve loca!», confiesa Hemata con una sonrisa de oreja a oreja. Lleva ocho años en Lekeitio y le sobran energías para abrirse camino. Sobre todo, cuando se trata de su hijo.

El niño es un lekeitiarra típico, igual que su padre: sin miedo al mar y con los ojos puestos en el horizonte. No tiene fronteras. «Javier era marino cuando nos conocimos en Costa de Marfil. Yo entonces estaba allí, aunque soy de Burkina Faso, que está al norte», explica Hemata mientras le limpia la cara al crío, que se ha caído en un charco y no para de agitar las manos, de arriba abajo, y de derecha a izquierda, igual que hélices. La playa se va llenando y Xabier no pierde detalle. Se le ve muy interesado en los gorros, como el que lleva Haizea, que todavía no camina pero le sigue con la mirada a todas partes.

Nada más quedar suelto, el chavalín se acerca al bebé, en brazos de su abuela Carmen, y muy suavemente le toca la cabecita con el dedo índice. Haizea abre la boca de par en par y los ojos le brillan de risa. Los dos se entienden sin palabras. «Son vecinitos y muy amigos», murmura Carmen antes de estamparle un besazo a la nieta, que empieza a dar grititos y a escurrirse como una anguila. Quiere ir detrás de Xabier, que ya se ha metido de nuevo en el agua y trota, trota, hasta perder pie y hundirse. Su madre no tarda ni un segundo en agarrarlo del brazo y llevarlo en volandas hasta donde han dejado los bártulos y la bolsa con los pañales. Por un rato, el intrépido lobo de mar deberá quedarse en tierra. Pero no se rinde sin vender cara su piel: «¿Ez, ez, ez...!», chilla a pleno pulmón, hasta ponerse rojo como un tomate.

Colocando antenas

«No me gusta nada la playa, ni siquiera sé nadar», farfulla Hemata, con Xabier pataleando sobre la toalla. En un santiamén, deja al niño listo para nuevas aventuras. Por lo menos, hasta la siesta: «No nos quedaremos más de tres horas». Incluso un terremoto como su hijo se detiene de vez en cuando, aunque por poco tiempo, pues no aguanta en casa. Se le nota con ganas de aprender a bucear. Seguro que su padre, que ahora se dedica a colocar antenas, intentará enseñarle apenas disponga de un rato libre. Ninguno tiene miedo. Ni a las alturas, ni a las profundidades del mar. Y con ellos, Hemata tampoco.
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