
RUEDO EN DATOS
Ninguna entrega, medias embestidas repensadas y perezosas, distracciones. Una coz. Se levantó viento. A El Juli le costaba sujetar la muleta. Él gasta avíos cortos y pequeños. Descubierto por sistema. En los medios todo. A la voz reclamó al toro El Juli, que torea muy bien a la voz. Torear a la voz no es pegar gritos, sino «hablarle» al toro, según frase feliz. De poca conversación fue este jandilla desaborido, que midió y se enteró. El Juli atacó por derecho con la espada y la enterró arriba. El toro le pegó un pitonazo en el embroque, pero rodó sin puntilla antes de que El Juli se doliera siquiera.
Los tres jandillas del platillo bueno fueron segundo, tercero y sexto. Los dos de Eduardo Gallo, los mejores con diferencia pero toros a su vez bastante distintos; y el primero de Juan Bautista, que no toreaba en Bilbao desde el año 2000. El toro de la reaparición, castaño, bajo de agujas y elástico, salió frío y se rebrincó en banderillas, pero atacó en la muleta con entrega. No fue toro redondo: duró lo justo, escarbó, repuso por la izquierda. Tuvo veinte muletazos buenos. Veinte arrancadas calientes. Los veinte se los pegó Juan Bautista y se los llevó puestos. Seis de tanteo y apertura, de gran ritmo, limpios, que el toro agradeció. Y dos tandas en redondo con la diestra y en la segunda raya, más que buenos: templados, por abajo, rítmicos, de torero encajado. Y descalzo porque el suelo de Vista Alegre es un maravilloso secante de arena de Orozko, pero había caído tal cantidad de agua después de comer que no pudo tanto el piso. Fue clave abrir tandas a distancia para arrear el galope del toro. La segunda mitad de faena, con menos toro, fue de menor propósito. Más encima Juan Bautista. Menos exigente: espaldinas, manoletinas al estilo mexicano de Saltillo. Con fe, un zapatazo. Sin puntilla el toro. Oreja. Para celebrar los logros y la actitud del torero.
El tercero fue el mejor hecho de los seis. Largo, bien puesto, armado por delante, serio cuajo, finos cabos, descolgado de carnes. El más bravo también. No en el caballo precisamente. Pero ya en banderillas. Claro, vivo el galope. Puso dos pares excelentes Domingo Siro. Brindó al público Gallo. Aire, y hubo que elegir terreno. No fue fácil. Dejó de soplar el viento luego. Loco agosto de Vizcaya, torero asentado y toro en marcha: flexible, elástico, largo tranco, nobleza y fijeza, fondo para repetir. No terminó de ponerse de acuerdo Gallo. Pero no volvió la cara. Estoico, vertical, en ligera tensioncita, optó por el arrimón, la arrimadura o el ponerse encima pero sin provocar. Del gusto de muchos fue el gesto. Y también el adorno final con pases de costadillo sacados de la tauromaquia mexicana de Luis Procuna. Con la espada montada por delante de la muleta y no por detrás. Un pinchazo, una entera sin puntilla.
Música infeliz
Ni el cuarto ni el quinto ni el quinto bis, sobrero, entraron en la cuota buena. El peor de todos, el cuarto, segundo de El Juli. Varios puntos negativos: gazapear, y hacerlo además casi al trote; puntear el engaño, y el defecto se agravó por lo mucho que sopló en ese turno el viento; distraerse; meterse por las dos manos; escarbar; y al final, rajarse de manso. O sea buscar las tablas. El canto de la gallina. El Juli lo quiso crudo del caballo por alguna razón y hasta brindó. El toro estuvo avisado a las primeras de cambio. Mucho afán de Julián, que cambió de pitón, de terreno y de estrategia, y lo hizo varias veces. La música tuvo la infeliz ocurrencia de arrancarse con el temible 'Nerva', de Rojas, un pasodoble destripafaenas. Mucho tiempo se le fue a El Juli pero sin poder enredar al toro, tan incorregiblemente andarín. Andares de manso predador. Por primera vez en mucho tiempo, oyó El Juli un aviso antes de haber siquiera cuadrado al toro, que ya se iba de todo. Media estocada, tres descabellos.
Al soltarse el quinto, cayó atómico chaparrón, pero Juan Bautista se estiró garboso de capa. Gavilla de cinco lances: verónicas, chicuelinas, media. Dos costaladas del toro, inválido, y pañuelo verde. Un monstruo fue el sobrero. Castaño, atacado, cargado, con pinta de viejo. Como los toros de calle de Castellón. Ninguna fuerza, muy mugidor, rajada final. Muy tranquilo Juan Bautista, descolgado de hombros. Ni el viento importó. No llegó a pasar entero el toro casi ninguna vez. No tenía agresividad ninguna tampoco. Bien manejado. Una estocada caída.
El sexto, que de salida flojeó y claudicó, se cantó en banderillas con un templado galope. Justitas las fuerzas, pero fue todo son. Nobleza infinita, fondo para llegar hasta el final de muletazo, casi al ralentí pero empujando bien, sin marcha atrás ni resistencias. Gallo se acopló con ese toro. Firme, le pegó muletazos embraguetados y cadenciosos, ligó aunque a veces abriera demasiados espacios, no se cansó. Dos veces pareció sentir que quedaba todavía mucho, y las dos volvió al sitio del toro, a ponerse en él y a tirar de él por delante con mucha suavidad. Faena de dientes de sierra, de irregular armadura, pero de seguro carácter también, de mucha decisión serena. Compasito y ritmo el último tramo, muy ruidoso y descarado. Convencido el torero. No podía irse ese toro. Y no se fue. Una estocada.










