Ya habrán supuesto ustedes que estoy hablando del puñetero ordenador en el que día a día escribo mis cotidianos comentarios. Ante todo, y como me considero una persona ecuánime, reconozco las ventajas que me ofrece sobre la tradicional máquina de escribir, pero esto no es obstáculo para que le considere un traidor, cosa que jamás fue mi querida máquina de escribir, la de los martillitos. Aquella máquina era dócil, sumisa, comprensiva e indulgente y admitía mis fallos de mecanografía (que suelen ser muchos) sin enfadarse y sin la menor protesta. Y por supuesto, sin tomarse jamás la revancha.
El ordenador también obedece mis mandatos sin protestar, pero el muy canalla está siempre al acecho y, en cuanto me equivoco, y me equivoco a menudo, ¿zas!, aprovecha la oportunidad y me la juega. Si me doy cuenta puedo rectificar a tiempo, pero a veces me descuido y entonces se regodea cambiando una palabra por otra y haciéndome escribir tonterías y hasta disparates.
Por ejemplo: en mi comentario sobre Curro, el simpático perro de San Ignacio que acompaña y ayuda a su dueño, escribía yo que Curro, además de empujar la silla de ruedas. «le anima con sus saltos, sus idas y venidas». Y en la corrección ortográfica (que es el truco del que se sirve el cacharro ese para jugármela), el ordenador, en vez de escribir «sus idas y venidas», escribió «sus idas y bendigas». Chúpate esa mandarina.
En estas correcciones ortográficas, el muy granuja me ha cambiado bilbaíno por boliviano, coplilla por colilla, castañas asadas por castañas usadas, pantalón por pantano, degustaban por desgastaban, aquellos por aullemos, vendas por bendigas y otras muchas que ahora celebro no recordar.
¿Se extrañan ustedes de mis sentimientos por el... (aquí, un insulto impublicable)... del ordenador?










