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Conexión transatlántica
El trompetista americano Randy Brecker apoyó a la Pirineos Jazz Orchestra en una ocasión lluviosa imposible de disfrutar
24.08.07 - 13:16 -
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Conexión transatlántica
Jazzman. Brecker, con gorra, barba cana y chaqueta sobre su prominente barriga, recordó físicamente al Doctor John. / Borja Agudo
Desesperados de la vida nos hallamos. Hasta los huevos, vamos. A Pato, soltero siempre afable, complaciente y muy sagaz, se le está quedando careto de comparsero hosco. Ahora mismo, jueves, tecleando un escrito que no nos lucirá, ignoramos si se suspenderán los toros, el rock local vespertino y el flamenco nocturno. Les haremos una confesión: pensábamos sobrellevar las fiestas con encomiable morigeración. Ni petacas, ni puros, ni riadas de katxis, ni leches. Pero es imposible.

El miércoles, tras la corrida, desistimos y la pillamos premeditadamente con rioja de cosecha excelente y lomo ibérico en rodajas generosas. Reflexionaba Pato: «La verdad es que las cosas se ven de otro color cuando bebes». Ya, incluso parecían haberse ensanchado las cornisas que nos resguardaban de los aguaceros.

Pero ni por esas. En el Marítimo incluso departimos sociables con los camareros. Sin embargo, la alta moral se hundió al arribar a la Plaza Nueva, donde el trompetista americano Randy Brecker actuó como invitado estelar de la Pirineos Jazz Orchestra, una formación subvencionada por las autoridades de País Vasco, Navarra y Aquitania que ha grabado su reválida, ‘Transatlantic Connection’, también con el yanqui.

En la introducción, el director de la big band, el ‘giputxi’ Iñaki Askunze, ante el clima despiadado se dio ánimos diciendo: «Hay que levantar esto como sea». Y dio paso al primer tema, ‘Above And Below’, de Randy Brecker, en plan jazz sofisticado onda años 70, como el grueso del repertorio. En esta pieza el solo de Brecker llegó algo timorato, pero se crecería en sucesivas intervenciones, quizás espoleado por la calidad de los locales, caso de los saxofonistas Gorka Benítez y Víctor de Diego.

Cielo blanco

‘Nada especial’, un swing audaz de Askunze, precedió a la adaptación del ‘Ez da posible’ de Ruper Ordorika, que no nos convenció y nos recordó a ‘La extraña pareja’ telefílmica. Las nubes surcaban el cielo blanco a toda pastilla y la gente soportó estoica un fugaz chaparrón. «Ha parao, ha parao», se congratuló el director, e introdujo el suave after hours creciente ‘My ideal’, rematado con un fulgor de focos rojos que se sumaron al brillo de los arreglos.

En ‘Harpoon’, de los Brecker Brothers, la lluvia arreció y corrimos a los soportales. Huyeron muchos, pero decenas resistieron con paraguas. Cayó una balada que no colegimos, pero nos fue fácil identificar desde el lateral el ‘Cantaloupe Island’ de Herbie Hancock, el tema más brillante y enérgico de la velada. En el epílogo salió una vocal y cantó una balada con Brecker agudizándose en plan Sandoval. Cuando ella presentó la última pieza y comunicó que vendían CDs, nos largamos sin esperar a un posible bis.
Vocento
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