LA OBRA
Risible o no, 'La cabra' es un notable invento con cargas de profundidad, en el que lo conmovedor no es el chiste, sino sus aledaños. Hay planos, valles en el disparate. Uno, la vuelta cíclica a 'lo normal' en guiño demoníaco de un autor siempre en el filo de lo grotesco, el talante de que nada pasa cada vez que se tensa la crisis. Luego, la imagen externa de felicidad o corrección como clave del espíritu de clase, el disimulo, la evidencia de la doble moral de un padre zoófilo que odia a su hijo gay También, la elección de los tipos positivos y negativos, el chico, el amigo delator.
Este artefacto tan calculado demuestra la capacidad del teatro bien hecho para hacer creíbles las reglas de juego más alambicadas, más ilógicas. Y la decisiva importancia de la interpretación: 'La cabra' se vio en el Arriaga en octubre. Ha habido un cambio, a Mercé Aránega le sustituye hoy -muy bien- Amparo Pamplona. Y se abre un debate para quienes vean a las dos: Aránega tenía un aspecto de domesticidad sufrida que hacía patéticas las transiciones. Amparo Pamplona compone una figura de señora bien, de esposa glamourosa de un triunfador con pies de barro, cuyo pacto conyugal es social, exterior. Y Pou acentúa la tragedia, oportuna palabra sacada del 'tragos' o macho cabrío, y extrema ahora la patología zoófila porque el 'pathos' es la esencia trágica. Véanla y se sorprenderán de sí mismos.










