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ASTE NAGUSIA
Viernes o no
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Una de las cosas que resultan más complicadas durante la Semana Grande es saber en qué día vive uno. Yo el martes pensaba que era miércoles y hoy mismo estoy bastante convencido de que es jueves. Es tal el desbarajuste de nuestra agenda interna, que asombra pensar lo bien que manejamos el calendario el resto del año, cuando no albergamos ninguna duda acerca de si un lunes es realmente un lunes. Digo esto para recordarme a mí mismo que hoy es viernes, el día grande de las fiestas. Quizá sea también el momento de dejar aquí algunas ideas nacidas a partir de la minuciosa observación de la realidad circundante. El cronista es un científico social, no les quepa duda, uno especialmente riguroso y conclusivo.

Bien, veamos, creo firmemente que las fiestas se sostienen sobre los bocadillos. Ni los toros, ni el teatro, ni la música: lo que a la gente le vuelve tarumba es el lomo con queso. Antes de los fuegos, El Arenal acoge a una multitud hambrienta que busca, paga y deglute una cantidad asombrosa de bocadillos variados. Hay un momento, sobre las diez de la noche, en el que todo aquel que tiene una cabeza sobre los hombros tiene también un bocadillo en las manos.

Tras los fuegos, esa misma multitud (o una muy similar: las multitudes se parecen mucho entre sí) vuelve a la carga. Se organizan colas en las txosnas y las cocinas de los bares trabajan a un ritmo que asustaría hasta a Adam Smith. Por lo que se ve, la observación de las cosas pirotécnicas es un ejercicio que abre mucho el apetito. Poco a poco, un rechinar colectivo de mandíbulas se impone sobre la música y las conversaciones. Los menús son diversos: algunos apuestan por el bocadillo identitario (chistorra, por ejemplo) y otros, como Saramago, apuestan por el iberismo de bellota. Si alguna vez pensaron como yo que la afición estaba estos días en las calles para beber, olvídense de ello: lo que nuestros semejantes tienen es hambre.

Por otro lado, todo está durando mucho rato. O sea, que a casi todo comienza a sobrarle un cuarto de hora. El circo, los conciertos, las obras de teatro ¿No se han fijado? Vivimos una época enfática y sin medida. Los artistas han olvidado que la brevedad es un síntoma de buen gusto, de cortesía. Hoy lo normal es que cada cual quiera explicarnos las cosas con mucho detalle, que insistan, que se repitan. No hablaré de esos toreros que se empeñan en alargar sus faenas entre los bostezos del respetable, ni tampoco de esos cantantes que regresan al escenario para atacar unos bises que nadie les ha pedido, pero permítanme que arroje una pequeña recomendación a los señores dueños de las pirotecnias: suéltenlo todo de golpe, no sean tímidos. Consigan cinco o diez minutos de intensidad apocalíptica y que después cada cual siga con sus cosas. Por aquí gusta el estruendo, ya lo saben, no entendemos nada de ritmos compositivos y en general tenemos bastante prisa por comernos el próximo bocadillo. Además, no puede ser bueno estar tanto tiempo mirando al cielo en busca de luces psicodélicas. Uno puede terminar viendo ovnis y a mí siempre acaba doliéndome el cuello. Habría que abreviar. Eso al menos pienso yo hoy que es viernes. En caso de que sea viernes, claro.
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