
Entre nosotros, da igual lo que le suceda a la música. ¿Que Oskorri no actúan? Qué le vamos a hacer. ¿Que Álex Ubago abrevia su concierto por el temporal? Pues demos gracias a Dios. ¿Que el rock local se suspende repetidas veces? Mejor, así el jefe nos perdonará por negarnos a cubrirlo.
Sin embargo, hemos de reconocer que el jueves cometimos un error de cálculo. Como ni siquiera nos planteamos ver a Skalariak en Abandoibarra y no nos fiábamos de Barón Rojo grabando CD-DVD en Botica Vieja, bajamos la guardia y elegimos el flamenco de la Plaza Nueva. Un desastre climático fue eso. Debimos optar por Pablo Abraira en La Pérgola, sí.
Actuaba Marina Heredia, granadina hija de cantaor y esposa de torero (hey, mandemos un abrazo de apoyo admirativo a Matías, el presidente de Vista Alegre). Tiene 27 años y empezó de bailaora. Como era «un pato mareao», dice ella, se pasó al cante y en tal papel asciende ahora a la cima.
Gran plantel
Apoyada en el elegante gran plantel, salió a las doce clavadas para divulgar su reválida, titulada 'La voz del agua' (¿ja!). Saludó: «Madre mía. Esta tarde pensábamos que íbamos a estar solos. Muchas gracias. Vamos a intentar calentar un poquito». Abrigada y adornada por la toquilla, se arrancó con el tirititrán cual Carmen Linares rejuvenecida, cantando «los delantales se van a poner la guitarra».
Al acabar, las primeras filas ya le pedían otros palos y ella prometió riéndose que «todo llegará». Según chispeaba entonó «ay los peces se mueren de pena / la mar se viste de luto» con garganta ronca venida de otra época, pero que no acababa de amalgamarse.
A la tercera, en camisa blanca y falda negra de lunares, trágica decía «quiero hacer fuerza y no puedo/siento de la muerte el frío» con un estilo superior a su amiga Estrella Morente. Sólo pasaron 20 minutos y se puso a jarrear y el bosque de paraguas nos impedía ver el tablado. Ahí resistíamos, tres bajo un paraguas plegable, en plan 'Brokeback Mountain', mientras la Heredia crecía barroca a lo Lole y Manuel.
El piano Sanlúcar apoyó los versos «los ojos de mi gitano son / como los de la mariposa» y luego un violín étnico nos recordó a la húngara Marta Sebestyén. Un espectador juzgó que «con este frío no es fácil cantar», y Pato, Benito y Aramendía se largaron a ver a Barón Rojo.
Esto contó Pato: «El bolo terminó a las 4 de la mañana. Fueron tres insufribles horas bajo la lluvia. Un chaval nos invitó a unos tragos de katxi por meterse debajo del paraguas de Benito. A los barones se les jodió la batería dos veces y el Armando se cascó un par de punteos de casi un cuarto de hora. Si tengo allí un botón rojo que aprietas y vuelas el escenario, ni me tiembla el pulso».
El resto de nosotros permanecimos en los soportales de la Plaza Nueva, junto al botellón, y sólo veíamos los charcos asaetados por las gotas y el bosque de paraguas. Y oíamos a Marina lidiando de fondo, sobreponiéndose en dramatismo reminiscente de Jorge Pardo, con rompe y rasga cada vez más ronca, y despidiendo sus 68 minutos por bulerías con «me duele, me duele la boquita de decirte gitano si me quieres».










