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La feria se queda sin feriantes
Los elevados gastos y una vida de sacrificio desmotivan a los hijos de los barraqueros, cada vez más al margen del negocio de sus padres Las familias, con más nivel adquisitivo, desplazan como principales clientes a las cuadrillas de jóvenes, más aficionadas a las txosnas
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La feria se queda sin feriantes
FUTURO INCIERTO. Los feriantes tienen cada vez más problemas para encontrar relevo generacional. El negocio ha perdido atractivo. / JORDI ALEMANY
«Para ser feriante hace falta que no te importe trabajar en fiestas mientras toda la gente se divierte. Y eso, a los jóvenes de hoy en día, no les interesa». Alberto Domínguez, secretario general de la Asociación de Feriantes de Euskadi (AFADE), no tiene demasiados motivos para ser optimista. El oficio languidece porque los hijos de los feriantes han perdido la ilusión por un estilo de vida que hunde sus raíces en la noche de los tiempos. «La tradición se pierde», concluye Domínguez. «Si hace 50 años eran quince familias feriantes las que se dedicaban a esto en Vizcaya, el número de hijos haría suponer que ahora estamos hablando de 80 ó 90 familias». Nada más lejos de la realidad. «Apenas somos 40», comenta Domínguez. Hace 30 años quien se convertía en feriante era por tradición familiar, pero en los últimos años las características de estas familias han cambiado.

«Los 'aitites' cuidan a nuestros hijos y se hacen cargo de su educación mientras estamos haciendo ruta», explica el barraquero. «Queremos que nuestros hijos sean felices, y esto -añade- es muy sacrificado». «Nuestra vida sigue el calendario de las fiestas más importantes de España. Nuestra ruta arranca con el Carnaval de Tenerife, la Feria RAM de Mallorca, la de Abril de Sevilla; algunos incluso trabajan en diciembre donde hace buen tiempo. Son pocos los que hacen ruta sólo en Vizcaya, porque entonces los ingresos son reducidos», asegura. «Ser feriante exige dedicación exclusiva. Aquí el pluriempleo no tiene cabida. Así las cosas, algunos de nuestros hijos están en la Universidad y han decidido no seguir con esta tradición. Yo lo entiendo», dice Domínguez.

Hace apenas unos años, los parques de atracciones tenían su filón en las cuadrillas de jóvenes, pero «su bajo nivel adquisitivo y la proliferación de txosnas» han cambiado las reglas del juego. Ahora son las familias las que insuflan aliento al negocio. «La feria sigue el modelo americano, un ejemplo lo vemos en nuevas atracciones como el 'Dragón', que son más familiares y tienen mejor acogida», cuenta.

Desde 1800

«Las barracas de antes eran el 'premio, botellita y coco'. Eso se acabó. Si quieres ser competitivo, tienes que regalar la 'playstation'», dice Roberto Vervis, dueño de un bingo. Su familia lleva desde el año 1800 dedicada en cuerpo y alma a la feria. «Ahora, el capítulo más abultado de gastos son los artículos del propio negocio», señala. El Bingo, como toda atracción, tiene que tener en cuenta lo que más demanda la gente. «Antiguamente dábamos cacharras de caramelo, hasta que se pusieron de moda las minicadenas, televisores... Ahora el rey del Bingo es la 'playstation 3'», explica Vervis.

El primer gasto que debe contemplar un feriante es el coste de la atracción. Los precios varían desde 1,2 millones de euros -200 millones de las antiguas pesetas-que puede costar una noria, hasta los 50.000 euros por una caseta de tiro. «Sólo en gasóleo, yo vengo a gastar unos 24.000 euros en recorrer toda España con cuatro atracciones», dice Domínguez. El precio de la parcela que ocupan oscila entre los 1.000 y los 16.000 euros, según la superficie que ocupe la barraca y el emplazamiento. Las asociaciones negocian con el Ayuntamiento para fijar la cantidad a pagar, hay consistorios como el de Eibar que ofrecen la parcela gratis, y otros como Gernika que ponen los precios más baratos, lo que se traduce finalmente en que los usuarios paguen precios más bajos.

Negociar el precio

«Normalmente, fuera del País Vasco no hay limitaciones del precio. Nosotros buscamos el arreglo, porque hay ayuntamientos que prefieren cobrarnos menos por el uso del terreno para que los precios de la atracción no suban». El lugar más caro, sin duda, es Bilbao. El tiempo que dura una feria es fundamental para obtener ganancias. «Una atracción puntera, como 'El Tiki Taka', si le va muy bien puede en el mes de agosto rendir unos 3.000 euros. Siempre, claro, que todo vaya perfecto y no llueva o haga demasiado calor», asegura.

Las familias que abandonan la vida de feriante suelen vender su atracción a los extranjeros, que demuestran todavía interés por este negocio. Tania Alberto Dos Anjos es la tercera generación de una familia portuguesa que lleva desde hace 20 años recorriendo las ferias de España con una barraca infantil. Tiene sólo 13 años, pero sabe que de mayor será barraquera. «Estoy acostumbrada a esto. Cada año voy haciendo amigos que veo en sitios distintos», relata. Para Antonio Albiñana, 55 años, no hay duda posible. «Si los hijos no quieren seguir con esto... ¿pues a vender y vida nueva!». «Un buen feriante debe sentir mucho cariño por su trabajo», insiste Domínguez. «¿Nosotros somos el Eurodisney de barrio!», añade.
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