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VIZCAYA
Firme como una roca
Va de Leioa a pescar a Arrigunaga siempre que puede, y no le importa haberse roto hace poco dos costillas
25.08.07 -
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Firme como una roca
Los nubarrones se apelotonan y las olas trepan por el roquedal hasta lamerle las botas. Pero ni se inmuta. Con la caña entre las manos y las gafas empañadas, se arma de paciencia. «Hasta que no piquen, no me muevo», asegura Adrián González, sentado en mitad de la escollera de Arrigunaga. Son las seis de la tarde, y hasta las nueve y media no piensa abandonar. A unos pocos metros le hace compañía otro pescador y más allá, se ve la cabeza de un tercero acurrucado, que parece haberse convertido en estatua de piedra. Comienza a caer una fina lluvia y en la playa no queda nadie.

Si no fuera por el trabajo como responsable de mantenimiento en una empresa, vendría todos los días por la mañana. «Pero eso se lo pueden permitir los amigos prejubilados de la cuadrilla. Yo lo hago los fines de semana. Salgo muy pronto de casa, en Leioa. ¿A las seis ya estoy aquí!», explica, mientras aparta los aparejos y se aleja del mar para hablar con más tranquilidad. Adrián tiene 55 años y salta de roca en roca sin mirar. Se las conoce de memoria. «Soy de Valladolid y vivo en Euskadi desde crío. Fue descubrir el mar a los diez años y quedarme con la boca abierta...».

Nadie le enseñó a pescar. Cuando consiguió la primera caña, su padre se limitó a hacerle una advertencia: «Ten cuidado, ¿que vas a sufrir alguna desgracia!». Todavía se ríe con ganas al recordarlo, en cuclillas y sobre una piedra. Tan inmóvil como si hubiera echado raíces. Siempre se las ha sabido apañar solo, le sobra paciencia y habilidad para obtener lo que busca. Aunque el pasado invierno las palabras de su padre le resonaran en la cabeza mientras se retorcía de dolor... «Pasó que una ola me tiró, me metí como pude en un hueco y de milagro no acabé en el agua. Total, que cogí el coche, llegué a casa, me tumbé en el sofá y empecé a sentirme muy mal. Así que corriendo a Cruces. ¿Me había roto dos costillas!». Ahora se encoge de hombros cuando lo cuenta; ya se encuentra en plena forma y tiene mucha faena por delante.

Cometa multicolor

Lo suyo es la pesca con corcho: le gusta sentir la picada del pez en las manos, apretar los dientes y pelear hasta el último segundo. Con la ilusión de que se trate de la hermosa lubina que le promete siempre a su mujer, Marga. «A veces lo logro, ¿eh! También consigo doradas, que esta zona es buena, de verdad que sí», deja claro, poniéndose de pie y señalando el ancho mar. El viento sopla cada vez con más fuerza y una cometa multicolor cruza el cielo. Planea, aguanta y, finalmente, cae en picado sobre la arena, con un silbido agudo que deja a todos mudos. Hasta que Adrián se agarra la visera y rompe el silencio: «Este ventarrón tampoco es bueno para nosotros...». Pero él resistirá. Hasta las nueve y media.
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