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SÉPTIMA DE FERIA
Pinchazo en todo lo alto
25.08.07 -
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A la hora del combate sólo había dispuestos cuatro toros de Garcigrande. Por lo que fuera, y una de las razones fue que hubiera cuatro y no seis toros, la corrida se encontró de salida con algún voto en contra. Media corrida y pico. Justa de trapío. Para lo que es el rigor propio de Bilbao, se entiende. Estreno del ganadero en Semana Grande. Sin suerte y sin ambiente. Los tres primeros se toparon con el eco de pitos sueltos. De protesta.

El juicio en el arrastre, que es el que cuenta, fue más ponderado. Opiniones abiertas. No provocó el primero, que sangró muchísimo y se paró. Fue ovacionado con fuerza el segundo, y merecidamente, porque galopó, se empleó y fue toro a más. Pitaron con ganas al tercero, que se había derrumbado al segundo muletazo y estuvo pinchado como globo sin gas casi enseguida. Sin fuerza ni motor, el cuarto, que dio más carnes que los otros tres, vivió en varas una breve cuarentena, porque perdió las manos y, de habérselo propuesto Ponce, el toro hubiera rodado por el suelo. Y luego, cuando Ponce se propuso justamente lo contrario, el toro rodó. Pero ya era tarde para rectificar.

No fue el remedio ni mejor ni peor que la enfermedad. Sí diferente. La corrida de Garcigrande se completó con dos toros cinqueños de Ortigao Costa. Cinqueños cumplidos. A punto de pasarse de la edad reglamentaria. Se lidiaron de quinto y sexto, como si fueran de otra corrida. En el fondo lo eran. Los dos sacaron ese aire que se les pone a los toros viejos. El sexto, acochinado y, por tanto, atacado y sin cuello, era bizco y muy astifino. El pitón izquierdo, ligeramente remangado, era de escalofrío. De muy justitas intenciones: ni de embestir ni de pelear. Andarín, trompicado, pegó muchos tornillazos. También salió algo andarín el otro cinqueño, que se jugó de quinto, pero éste sacó otro estilo. Más dócil, mayor fijeza, nobleza. Dejó incluso de gazapear y tomó por abajo el engaño. Y dejó estar. Dejaron también estar los de Garcigrande.

Castella puso lo bueno

Pero no se trataba de eso. La lista de toros de categoría en Bilbao es este año bastante tupida: dos de La Quinta, tres de Jandilla, pupilos sueltos de Torrealta, El Ventorrillo o El Pilar. Las comparaciones se hicieron del todo inevitables. El ambiente era, por lo demás, muy propicio. Día grande y de fiesta, el segundo glorioso 'No hay billetes' de la semana y cartel de toreros predilectos. No es que no hubiera fiesta, pero sólo la hubo y no completa para Sebastián Castella, en cuyas manos puso el destino los dos toros de mejor son. El único de los garcigrandes que hizo los honores del debut al ganadero; y el cinqueño de Costa que terminó por templarse en cuanto dejó de gatear.

Castella se gustó toreando de capa en el saludo al segundo de corrida. A pies juntos, lánguidos lances de mano bajas, sacados a lento compás, una inesperada chicuelina de costado y de repente, un acostón del toro que dejó destocado a Castella. No hubo más toreo de capa en toda la tarde y esa fue una de sus muchas carencias. Ni siquiera brega de fortuna hubo, porque tres de los cuatro garcigrandes se arrancaron al caballo por su cuenta más de una vez y de sorpresa. No tanto bravura o celo como una particular falta de fijeza. O como si se sintieran reclamados por un caballo avistado muy a lo lejos y ya a punto de tomar la puerta de cuadras, junto a toriles. Castella volvió a estirarse con el toro de Costa, pero éste no se vino al capote con el son templado del otro, sino alborotándose. La media verónica de solución final tuvo buen empaque.

A favor de corriente navegó Castella, que abrió su primera faena con esa espectacular jugada que tanto practica: cite de largo desde el platillo y muletazos cambiados por la espalda. Al toro le iba más la media distancia que los grandes recorridos. Y el enganche más que el toque. Cuando Castella estuvo encajado donde lo reclamaba el toro, las cosas fluyeron. Con algún enganchoncito porque hubo toreo embraguetado y no siempre enganchado. El ritmo de la faena fue severo. Con alguna pausa y tras la pausa, vuelta al mismo ritmo. Del embroque con la espada, y atracándose, salió encunado y volteado Castella, pero después de haber enterrado estocada entera. Una oreja. Un metisaca quién sabe dónde dejó a Castella sin premio del quinto, al que toreó con más apresto que temple propiamente. Aguantó el pasito paso primero del toro, lo sujetó peor no dio con la velocidad. Acabó entre pitones y en circulares. Remató en los medios con unas manoletinas ajustadísimas. Se fue de tiempo.

No sólo él. Un aviso del cuarto se llevó Ponce; otro del sexto Manzanares. Morosos el uno y el otro. Ponce, tratando de sostener en la media altura y tapando mucho al cuarto, que se le vino encima dos o tres veces, se le fue al suelo también y acabó reculando. También Manzanares intentó engañar al sexto en la media altura, pero el toro de Costa pegó cabezazos, punteó y protestó. Por la mano izquierda no hubo ni ganas. El primero de Ponce fue el desangradito. No sirvió de nada la paciencia. El de Manzanares, la linda bola rellena y desinflada, apenas se tuvo. Enterró pitones y se rompió del todo. Se vino abajo. A pulso dibujó Manzanares diez muletazos. No cabía más.
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