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El Pacto de Santoña
¿Traición? ¿Salida honrosa? ¿Rendición? Los intentos de acuerdo que los nacionalistas vascos intentaron con los italianos en agosto de 1937, se saldaron con un estrepitoso fracaso
26.08.07 -
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El Pacto de Santoña
ENCARCELADOS. Penal del Dueso, en Santoña. / EL CORREO
Poco antes de la caída de Bilbao, el presidente de la República, Manuel Azaña, afirmó que los nacionalistas no luchaban por la causa republicana. Tan sólo les movía su autonomía y su lograda semiindepedencia. Por ello, tenía muy claro que con «esta moral es de pensar que al caer Bilbao, perdido el territorio y desvanecido el Gobierno autónomo, los combatientes crean o digan que su misión y sus motivos de guerra han terminado». ¿A qué venía semejante muestra de desconfianza? ¿No había quedado clara la lealtad de los nacionalistas a la legalidad republicana?

Ciertamente nadie había puesto en duda la actitud aguerrida y defensiva del Gobierno vasco mientras se mantuvieron las esperanzas de frenar a los franquistas en su territorio. Sin embargo, ciertas declaraciones y actitudes provenientes de determinados miembros del Partido Nacionalista, así como las confidencias hechas por el propio Aguirre al sacerdote Alberto Onaindía, en mayo de 1937, parecían dejar claro cuál era el ánimo de los dirigentes vascos ante un futuro más que probable: una vez caído Bilbao, los nacionalistas no seguirían la lucha fuera de Euskadi.

Con testimonios de ese calibre se confirmaban las sospechas más pesimistas, no sólo de Azaña, sino de prácticamente todo el Gobierno republicano. No obstante, y a pesar de las evidencias que involucraban al lehendakari en aquella decisión, ésta se tomó en el seno del Partido Nacionalista y estuvo representada por miembros destacados como Ajuriaguerra y Leizaola. Aguirre, por su parte, era proclive a que el Ejército vasco mantuviera su actividad primero en la defensa de Santander y luego en Asturias.

Los primeros contactos encaminados a lograr una rendición honrosa del Ejército vasco se produjeron poco antes de la caída de Bilbao. En ellos, Alberto Onaindía fue el hombre elegido para, a través del Vaticano, contactar con el Gobierno italiano. Todo se hizo en la sombra y en ningún momento se produjo una petición en regla del Ejecutivo vasco. Es más, Bilbao fue defendido con todas las fuerzas disponibles y, en la práctica, nada hizo pensar en oscuras maniobras para obtener algún trato de favor.

Sí en cambio las hubo a nivel extraoficial. Tres días antes de la toma de la villa, el presidente del Bizkai Buru Batzar, Juan Ajuriaguerra, telegrafió a Onaindía para que éste les transmitiera a los italianos la disposición del PNV a mantener intactos los centros neurálgicos de la ciudad y asegurar el orden en la misma. A cambio se les pedía que fueran ellos los garantes para las vidas de la población civil.

Sin embargo, y aunque la oferta -por múltiples causas- no llegó a sus destinatarios, los nacionalistas sí cumplieron su parte. Leizaola, revocando las órdenes del Gobierno de Valencia, evitó la voladura de empresas, industrias y puntos estratégicos. De forma paralela, y como si se quisiera preparar el terreno, el Euzkadi Buru Batzar pidió a todos los consejeros del partido dimitir de sus cargos por considerar que el Gobierno republicano había traicionado la causa vasca. La negativa de Aguirre a aceptar semejante decisión, le apartó del proceso negociador que dirigentes nacionalistas estaban empeñados en abrir con los italianos.

Fidelidad virtual

Poco después de la caída de Bilbao los contactos con los italianos se intensificaron. El complicado proceso de diálogo llevó a Onaindía, en julio de 1937, hasta Roma donde se entrevistó con el ministro de Asuntos Exteriores italiano, Galeazzo Ciano. El resultado de las mismas fue que, a pesar de la indiferencia inicial de Ciano, éste le transmitió al propio Mussolini lo interesante de la oferta vasca.

El objetivo que se perseguía era que los batallones nacionalistas se rindieran a las tropas italianas «en forma de operación militar, es decir, como resultado de una victoria italiana sobre el campo de batalla» y no fruto de un acuerdo. Es decir, se pactaba una derrota que permitía mantener, de forma virtual, cierta fidelidad a una República que aún no había perdido la guerra.

El 20 de julio se informaba a los comisarios de guerra del PNV que los batallones vascos sólo habrían de mantener sus posiciones defensivas. Renunciaban, por lo tanto a la lucha. Para facilitar eso, las tropas italianas no atacarían Santander por el flanco del País Vasco. El 17 de agosto, Ajuriaguerra, durante una entrevista con los italianos en San Juan de Luz, aseguró la disposición positiva de las cuatro divisiones vascas. Éstas se replegarían en Laredo y Santoña. A cambio, los italianos les aseguraban, no sólo el hecho de convertirles en sus prisioneros, sino la posibilidad de salir por mar y evitar así que cayeran en manos de las tropas de Franco.

Todo habría de resolverse el día 24 de agosto hasta las 24 horas. Ese era el límite impuesto por los italianos. Y mientras tanto, Aguirre se empeñaba en que el Ejército vasco luchara en Asturias. Evidentemente, la fractura con su partido era grande. Así, el 23 de agosto, los batallones nacionalistas, desobedeciendo las órdenes de traslado hacia Asturias, tomaron posiciones en los lugares señalados.

Sin embargo, el retraso en la llegada de los barcos que habrían de colaborar en la evacuación llevó a Ajuriaguerra a pedir a los italianos una prórroga de 48 horas más. Para empeorar las cosas, dos oficiales nacionalistas se excedieron en sus funciones al discutir las condiciones de la rendición, lo que provocó la desconfianza de los italianos. Estos se cansaron de esperar y comunicaron que, una vez acabado el límite establecido, la rendición se ajustaría a los términos comunes. El proceso había fracasado.

A pesar de ello, Ajuriaguerra lo volvió a intentar. El 26 se entregaron los batallones aunque no se pudo evacuarlos. Lo más que se consiguió fue acordar con los italianos que fueran ellos los que escoltasen como prisioneros a los responsables nacionalistas al penal del Dueso. No sirvió de nada. El 4 de septiembre tropas franquistas se hicieron cargo de la situación. El resto fue lo acostumbrado: juicios sumarísimos y fusilamientos. Ajuriaguerra salvó la vida gracias a los italianos.

El Pacto de Santoña fue un fracaso rotundo. Nada salió como se pensaba, quizá porque se negoció confiadamente con quienes estaban demasiado unidos a Franco cuando ya la guerra la tenían perdida. Los nacionalistas esperaron demasiado del enemigo cuando ellos, por su parte, tenían poco que ofrecer.
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