
El sábado nos habríamos quedado en casa. O en los bares, qué pasa. Pero como nos debemos a nuestro público (usted), pues estudiamos el cartel, desestimamos instintivamente la rave tecno de Spektrum en Abandoibarra (no tomamos drogas sintéticas) y el reggae de Horace Andy en la Plaza Nueva (no fumamos porros), y hubiésemos preferido pasar el rato con Los Diablos en La Pérgola, pero como pretendemos que nos lean multitudes apostamos por Miguel Bosé en Botica Vieja.
La explanada estaba a tope. La peña se acercaba en riadas humanas y nos acompañaban dos amigas de Pato, muy majas y exuberantes («Gora Euskadi» gritaron algunos al cruzarse con las españolitas de Torrelavega). Una preguntó: «¿Por qué todo el mundo va con bolsas?». Porque portan el botellón, Silvia, guapa. Y ahí se montó ese mogollón, con los chavales sentados alrededor de las bolsas del súper, y los mayores, mirando con rictus ausente los paseos de Bosé.
Tal gesto vacío se lo produciría el tecno-pop alienante de Bosé, una especie de gurú de new age postmoderna. Pretencioso, pedante, sin alma y con una corrección política que da asco, Bosé no transmitió porque no tiene nada, excepto labia, empatía y educación.
La revista Rock De Lux le describía así en 1985: «Prototipo de estrella por la cara, hijo de famoso que no canta, ni baila, ni tiene oído musical». Con tales carencias abisales, el polémico cantante se ha mantenido en el machito más de 30 años, lo cual tiene un mérito incuestionable. No en vano, en el arranque mecánico y frío de su bolo bilbaíno, con voz casi desfallecida y a trompicones la estrella, menos fondona que en su última visita, indicó que esa cita celebraba treinta años de carrera, «que es mucho». Ni que lo digas, Miguel.
Victimista
El tecno del listado persistió en la victimista 'Hijo del Capitán Trueno', en 'Bambú' Bosé intentó dinamizarse un poco, y en 'Sevilla' juzgó su mayor fan, Ana, alias la 'Pinflina': «No le queda nada de voz». Ya, le apoyaban dos coristas, que sumados a los cinco músicos, daban ocho humanos sobre el tablado luminiscente. Ocho, aunque con tres hasta les habría sobrado.
Eso era un rollo, oigan. Las baladas se sucedían, pero la peña no reaccionaba ni las coreaba. Hasta que llegamos a un pasaje resucitado del averno con 'Creo en ti' y sus arreglos célticos (la churri se puso contenta porque la oía en el autobús de camino a las Irlandesas), 'Morir de amor', 'Linda' en tono gospel y, apriétense los machos, un 'Don Diablo' caribeño y muy fiel, y un 'Supermán' discotequero y setentero, antes de rematar este pasaje anacrónico con el almíbar de 'Te amaré'.
Hubo más, como la vulnerabilidad de 'Los chicos no lloran' en plan reggae. El epílogo se estiró pesado y mesiánico, y en el bis cayeron 'La belleza', 'Amante bandido' y, para acabar, 'Nena'. Dos horas de nada, ya ven.










