
RUEDO EN DATOS
Enseguida apareció el toro de la corrida, que lo fue no por calidad sino por todo lo contrario. Casi una prenda. Recortado y terciadito, colorado, en un tipo que en Cebada no suele fallar. Distraído, incluso falto de fijeza, escarbador. Cabezazos en el caballo, una coz premonitoria. No invitaba, pero Chaves brindó al público y se metió enseguida con él y a darle ventajas, espacios, a dejarlo venir. No correspondió el toro a tanta gentileza. Se vino primero, pero arreando y casi al bulto y no al engaño. Cuando hubo que empujar, hizo todo lo contrario: quedarse debajo. Meterse. O plantarse a mitad de embroque. Toro orientado. Chaves porfió, hubo sobresaltos. Costó mucho matar al toro: un pinchazo, estocada ladeada, tres descabellos con otro tantos arreones, un aviso, otra estocada, otro aviso. De muy feo estilo el final del toro, que sacó de repente aire predador.
Sardo, badanudo, ancho, el tercero se acompasó en unos hermosos lances de Fernando Cruz. A ritmo el cuerpo y los brazos, limpio encaje. Este tercer cebada salió bravucón y caliente. Le dieron leña en el caballo, pero resistió, hizo hilo en banderillas. La corrida de Cebada tuvo un punto de listeza. Por un lado, viveza. Por otro, sentido al ir perdiendo gasolina. Compendio de todo fue ese toro, que Fernando Cruz brindó a Agustín Martínez Bueno, que inventó el prototipo del nuevo «hotel taurino» hace treinta años. El Ercilla. La trama de la pelea de Cruz y el toro tuvo emoción. El toro se revolvía mucho y cada vez más, recortó al atacar, y más cada vez también, se puso mirón al cabo. Fernando Cruz se ofreció firme, le bajó la mano al toro y, aunque no llegó a llevarlo obligado, dibujó muletazos de hermosa cadencia. Antes de avisarse el toro, que rodó de pinchazo y gran estocada.
El cuarto fue espectacular de pinta. Albahío, jabonero tan claro que deslumbraba. Fue toro muy aparatoso. Por el color, por las hechuras -todo en su sitio, bien puesto- y, sobre todo, por ser muy pronto. No paró de arrear. A Padilla, siempre poderoso, le hizo sufrir en banderillas. Hasta saltar a la barrera una vez pero no de adornarse sino como quien toma la salida de emergencia. En un tropezón justo al embrocarse con los palos, Padilla estuvo a punto de ser cogido. En la muleta hizo el toro muchas de las cosas que retrataron al primero de Chaves: acostarse, frenarse en el embroque, moverse con nervioso desorden. Padilla pareció de repente torero vulnerable. No quiso perder tiempo, aliñó y mató. No fue del gusto de todos gesto tan expeditivo.
El último pesaba
El quinto, de fino cuello, ágil, fue toro de mucho moverse. Pero también de gazapear un poco, o rebrincarse y trompicarse. De distraerse más de lo que conviene. No llegó a estar del todo en los engaños. Tampoco es que saliera incierto. Sí celoso. De manera que tuvo que poner mucho Chaves de su parte. Esta vez con mejor pago. Por las dos manos lo apuró Chaves, que abrió pausas y espacio cuando sintió al toro incómodo. Una estocada a paso de banderillas. Leve petición de oreja.
De los seis o siete toros de Cebada el de mejor son pareció el último, pero fue el de menos fuerza de todos. Salvó la prueba del caballo por mínimos, porque no terminaba de asentarse. Quería ir y se estiraba. Después del segundo par de banderillas enterró los pitones. Medio volatín, se derrumbó. Pañuelo verde.
Y entonces vino la espuela de la Semana Grande: un segundo sobrero de Loreto Charro, casi seis años, de la línea Raboso, hermoso y serio. Muy noble. Poca fuerza. Se acabó viniendo abajo y apagando. Pero antes de eso le pegó Fernando Cruz muletazos despaciosos, entregados, por abajo, de gusto. Cuando iba a armarse un conjunto, pidió la hora el toro. Y no sólo. Era, al cabo de tantos días de agua, una tarde de inmenso bochorno. Y el octavo toro de corrida. Pesaba.










