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Triunfa el aguafiestas
27.08.07 -
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Ahora que la cosa está tan mal y apenas recordamos quiénes somos, ahora que nuestro organismo es un temblor y nuestra cuenta corriente una catástrofe, ahora que todo ha pasado, quizá podríamos tratar de adivinar qué quedará en nuestra memoria de la Semana Grande de 2007. Probablemente, recordaremos que han sido las fiestas más lluviosas de nuestra vida y que este ha sido el año en el que las txosnas regresaron a El Arenal. Quizá nos acordemos durante algunos meses de aquel concierto más o menos memorable, quizá de que vimos al enorme Pou dando categoría a su profesión y, allá donde vayamos, nos acompañará siempre la imagen de 'El Cid' rompiéndose con un toro de Victorino en los medios de Vista Alegre.

Lo que está claro es que pronto olvidaremos que los fuegos artificiales no fueron muy buenos y de que quizá no hubo tanta gente como otros años, de que todo estaba muy caro y de que se convocó una huelga de autobuses. Afortunadamente, la mayoría de nosotros somos gente normal, humanos usualmente constituidos que aceptamos la idea de que no vamos a vivir para siempre y tratamos de divertirnos cuanto podemos. Luego están los aguafiestas, que son aquellos individuos de talante egomaníaco que creen que ponerle pegas a todo es un síntoma de inteligencia. Como cada año, hemos tenido que aguantar el rumor insidioso de estos plomazos. Ha habido alguno que se ha pasado la Semana Grande quejándose del precio de los churros, asunto de una importancia extrema que curiosamente aún no se ha tratado en la asamblea general de Naciones Unidas.

Los aguafiestas blasonan de críticos y, en el fondo, son sólo unos cotillas que no soportan que a su alrededor que el prójimo se lo esté pasando en grande. Creen que el mundo les debe algo y viven refunfuñando porque se sienten perpetuamente damnificados por la realidad. Tratarles es un tostón, pero observarles es apasionante. Uno lleva años analizando su comportamiento de plañideras infantilizadas. Para que luego digan que no me gustan los animales.

La Semana Grande ha terminado y es ahora cuando comienza a hacer sol. No duden ni un segundo que habrá gente dispuesta a recordárnoslo. De algún modo, la vuelta a lo cotidiano es la victoria de los aguafiestas. Ellos son felices, a su manera mezquina, cuando ven a los demás preocupados por el euríbor y pendientes de las tertulias radiofónicas. Ver cómo regresamos a nuestras propias vidas tranquiliza a esa tribu acobardada. Créanme si les digo que pagarían porque el mundo se estancara en un lunes oscuro de noviembre.

Pese a todo, se va uno de aquí con la impresión de que estas han sido unas fiestas estupendas y de que todos, bajo la lluvia, hemos hecho un alarde de civilización y buen humor. Mientras voy poniendo las metáforas en sus fundas gastadas y guardo las palabras esdrújulas en sus estuches de terciopelo, pienso en esa gente que ha llenado estos días las calles y los bares, las plazas y los hoteles de la ciudad, y siento una tibia simpatía hacia todos ellos, hacia todos nosotros: corderos resacosos camino del matadero de los atascos y el despertador.
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