Lo atestigua la Policía municipal, que confirma la excepcionalidad de esta zona, donde las desavenencias entre los vecinos se remontan «veinticinco años atrás, cuando la empresa Firestone vendió las casas a los trabajadores». «Cuando no te llama uno porque el perro ladra, te llama otro porque el de al lado hace obra, o porque pasan por su terreno, o porque le han amenazado... Se pegan por cinco centímetros de terreno», confirma un agente. Ellos, dice, poco pueden hacer. «Las disputas entre particulares se solucionan en los juzgados. Nosotros acudimos cuando nos llaman, se insultan, se amenazan, aunque casi nunca llega la sangre al río», confirman los agentes.
En este barrio presidir una asociación de vecinos no es tarea fácil. Carlos Domingo integra la junta directiva del colectivo vecinal de Aperribai, Olabarrieta y Txistulanda, a la que pertenecen los residentes del 'poblado de Firestone'. Domingo reconoce a su pesar el mal ambiente que se respira en este bonito enclave de las afueras de Galdakao, aunque trata de restar importancia a los conflictos. «Hay problemas como en todos los barrios pequeños. Aquí, los perros y los pasos de servidumbre son la fuente de las peleas. Hay gente que cree que, además de la casa, también el terreno de alrededor es suyo, pero son unos pocos los que tienen problemas entre ellos», señala este portavoz de la asociación.
Sin embargo, los testimonios de los vecinos podrían dar para un libro. EL CORREO habló esta semana con algunos de ellos, elegidos al azar, que relataron sus conflictos con el vecindario. Aitor B. asegura no haber sido destinatario de ninguna denuncia, pero sí las ha puesto. «Hace dos años me envenenaron dos perros y uno murió. Los problemas siempre los tenemos con la misma familia. Ellos nos llaman la atención y luego van a toda velocidad por el barrio. Una vez les pusimos tablones para obligarles a frenar. Recogimos firmas para denunciar esta actitud, y el Ayuntamiento acabó por colocar badenes que ahora sufrimos todos».
Este joven, que reside aquí desde hace siete años con su mujer, acaba de protagonizar el último enfrentamiento y aún tiene en la pierna marcas de mordedura de un perro que le atacó. La otra parte involucrada en la disputa es la familia de Rosa María E., que denunció haber sufrido amenazas y ha pedido una orden de alejamiento contra Aitor.
«Pared con pared»
Otro vecino, que prefiere mantener el anonimato, sabe bien lo que es tener conflictos. «He ido siete veces al juzgado. Mi vecina me impedía el paso, me ensuciaba la puerta y cuando venían familiares ponía obstáculos para que no pasaran los coches». Hoy, la casa de al lado está vacía y él confía en tener «más suerte» con los nuevos residentes. «Llevarte bien te cambia la vida cuando vives pared con pared», dice.
Los perros, numerosos en la zona, originan infinidad de rifirrafes. Así lo confirma Manolo G., un veterano del barrio. «Llevo más de treinta años aquí y sólo recuerdo una disputa con un vecino porque se enzarzaron los animales. Pero sé que otros han tenido problemas más graves y se han puesto unos a otros denuncias», dice.










