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Cuarenta años no es nada...
Vino en 1967 desde París a Lekeitio para curar a su hija de anemia y le gustó tanto que vuelve cada verano
28.08.07 - 09:44 -
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Cuarenta años no es nada...
Era una joven viuda, de 34 años, con una hija gravemente enferma de anemia. Que no dudó en venir desde París hasta Lekeitio para que se curara. «Fue por recomendación de los médicos. Me dijeron que en el mar había mucho yodo y eso era bueno para Rose Marie», cuenta Asunción Cutillas, sentada en la terraza del Hotel Emperatriz Zita. Han transcurrido cuatro décadas, y no ha dejado de volver ni un solo verano. Rose Marie ya no la acompaña -«una chica sanísima, ingeniera y con cuatro hijos»-, pero no le importa. Aquí tiene piso y se las arregla «de maravilla». Regresa por placer, porque le gusta el Cantábrico y no aguanta «el calor sofocante» de Niza o Cannes. Nadie diría que ella nació en Alicante...

«Me marché a Francia al casarme con Paul, que era de Narbona y tenía viñas. Nos conocimos en Lourdes. ¿Nuestras familias eran fervientemente católicas!», recuerda con los ojos muy abiertos. Tan azules como los de un recién nacido. Ha cumplido 77 años y conserva intacta la vivacidad de ardilla que enamoró a Paul. «Trabajar, no he trabajado nunca. No lo necesitaba porque mis padres eran industriales del calzado. Eso sí, siempre me las he apañado para llenar mi tiempo. Aquí, en Lekeitio, leo revistas, hago labores, escucho la radio, me vengo a tomar una tónica o invito a las amigas a casa».

Una docena de personas fueron a verla la última vez, cuando celebró su santo. Pilar, Mertxe, Angelita, Matilde, Gloria... no faltaron a la cita. «Nos hemos conocido aquí. De tanto hablar, voilà, ha surgido la amistad», explica con cara de niña traviesa, antes de saludar a Gurutzne, la camarera a la que ayer mismo regaló un pañuelo. «El año que viene le traeré otra cosa, es muy amable y en esta vida hay que saber corresponder». Sonríe y arrima un poquito más la silla a la mesa, para apoyar los codos. Le encantan las visitas inesperadas.

Siestecilla en la terraza

Son las doce y hasta la hora de comer, piensa quedarse en un rincón y bajo la sombrilla, sin más ocupación que observar a la gente ir y venir, charlar y despedirse cada vez que pasan a su lado. «Para ellos, soy 'la francesa', la señora que se pasa el día en la terraza. Me siento tan bien... ¿Hasta suelo echarme tranquilamente la siesta!». Entre julio y septiembre, Asunción vive de cara al Cantábrico, arrullada por las olas. Sin pendientes porque incordian, pero con un collar de perlas cerca del corazón.

Aunque no baja a la playa desde que la operaron de la rodilla, tiene Isuntza a sus pies y el bullicio de los bañistas la acompaña en cuanto toma asiento. Mitigado, sin estridencias... No le borra la sonrisa ni la torcedura de la muñeca, «que me hice al resbalar por culpa de unas chancletas demasiado sueltas». No se preocupa por nada. Lekeitio siempre cura sus males.
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