En una ocasión anterior comentaba un caso curioso cuando encontré en una calle de San Ignacio una bolsa de basura que alguien (el jeta de turno) había dejado encima de una papelera. Evidentemente, la bolsa no cabía por la boca de la papelera, pero daba la casualidad que a cuatro pasos, en la acera de enfrente, había dos contenedores de basura. El jeta de turno, por no molestarse en cruzar la calle (que por cierto no era muy ancha) la había dejado sobre la papelera y el que venga detrás que arree.
Como decía un famoso e histórico torero «hay gente pa tó». Hay gente con sentido cívico y hay gente que se pasa el civismo por la giba. Evidentemente, el vecino (o vecina) que dejó la bolsa de basura sobre la papelera pertenece al grupo de los de la giba. Son los mismos que en el metro, donde hay papeleras a montones, tiran el billete al suelo y, para más recochineo, lo tiran roto en ocho pedacitos. Toma canela Manuela.
Si vuelvo a hablar hoy del vocablo jeta en su acepción coloquial es porque he visto en una céntrica calle de Bilbao otro caso similar al ya descrito. Esta vez, el jeta de turno no había dejado la bolsa encima de una papelera. Había llegado hasta el contenedor de basura, pero como eso de levantar la tapa con el pie exige por lo visto un esfuerzo sobrehumano, la había dejado colgada del pivote lateral que sirve de apoyo para descargar los contenedores en el camión.
Estos ejemplares de vecinos o vecinas no son por fortuna muy abundantes, pero sirven para demostrar que los jetas siguen existiendo entre el vecindario. Y al hablar de jetas no quiero dejar a un lado otro ejemplar muy interesante: el de los jóvenes (y algunos no tan jóvenes) que se sientan en un banco a comer pipas y dejan el suelo alfombrado de cáscaras. Aún hay algún otro ejemplar comentable, pero no me da tiempo a citarlo porque se me acabo el espacio disponible.










