
KASADU (SAHARA)
A Kasadu le encanta ir a la playa, pero no soporta la arena. Su caso es especial. Tiene nueve años y es del Sahara, donde no tiene otro remedio que pisarla. De ahí que en Las Arenas resulte difícil que salga del agua. Kasadu ha pasado este verano con Inma Elexpe y su hija Irene, de 10 años. Era la primera vez que esta familia vizcaína se animaba a acoger a una niña. «Siempre he querido otro hijo, así que nos lanzamos», explica Inma.
A medida que se acercaba el día de su llegada, Inma e Irene no cabían en sí de ilusión. Cuando recibieron la noticia de que ya estaba en el aeropuerto la situación se tornó incluso cómica. «Hasta le pegué un golpe al coche», describe Inma. El primer contacto fue extraño, «era muy tímida, hasta que se soltó, y a todo te decía que sí», reconoce Elexpe. Una semana después «era como otra hija». Kasadu ya había visitado España en otras dos ocasiones. Su primer viaje fue también al País Vasco, pero el segundo fue a Andalucía. La prueba es su castellano, una divertida mezcla entre el acento árabe y el 'deje' sureño.
Como buena saharaui, tiene carácter, «pero si le explicas las cosas es muy obediente», destaca Inma. Eso sí, sacarle una sonrisa en la que enseñe los dientes es tarea complicada. «No me gusta que se vean», apunta Kasadu. Al llegar a Las Arenas le pusieron las vacunas de la tríple vírica y la hepatitis B. Además, el dentista le detectó dos caries que hubo que atajar. «Mucha gente duda a la hora de acoger a un niño por si acaso no te entiendes o por su salud, pero no es para tanto», asegura Inma.
Kasadu se ha integrado por completo en la familia y en la cuadrilla de amigos de Irene. «Todos me dicen que la traiga», señala. Se han hecho inseparables. Incluso Irene le ha enseñado a su nueva hermana la forma adecuada de lavarse los dientes. Y es que a la hora de la comida no la paraba nadie. «Le gusta todo menos el puré, pero los chipirones los devora», revela Elexpe, que ha evitado darle carne de cerdo por respeto a su religión. Kasadu tiene claro que ha llegado la hora de regresar a su país, con Pro-Sahara. «Si es posible», el próximo año puede que vuelva a bañarse en la playa de Las Arenas.
ALISA Y MARIANA (UCRANIA)
Cuando las hermanas Alisa y Mariana pisaron por primera vez Sestao hace tres años no se separaban. Alisa, la mayor y ahora de 13 años, era como una madre para la pequeña, de seis. «No la soltaba ni un segundo porque entre ellas hablaban ucraniano», comentan Ángel Mª Castro y Joana Resmella, sus padres de acogida. A los quince días las cosas cambiaron. «Absorbieron el idioma como esponjas y se integraron muy bien», reconoce Joana. Este año, el panorama ha sido muy diferente. Mariana y Beatriz, la hija de la pareja vizcaína, se han pasado todo el verano juntas. Son de la misma edad. Unas auténticas terremoto.
Ángel y Joana se interesaron por la acogida al leer un artículo en EL CORREO sobre la asociación Chernóbil. Creyeron que les asignarían a un niño, pero cuando les dijeron que tenían que ser dos hermanas siguieron hacia delante. «No nos arrepentimos de la decisión. Para nosotros es como si fuesen nuestras hijas», apuntan. La diferencia de costumbres fue lo que más llamó la atención al matrimonio. «Al principio sólo comían patatas fritas», admite Ángel. Todo cambió cuando Alisa les preparó un plato típico de su país. «Ahí entendimos lo que suponía para ellas nuestra comida. ¿Le tuvimos que echar tomate frito!», recuerda Joana.
Pese a parecer tímida, Alisa es una persona abierta que ha hecho amigos con facilidad, mientras que a Mariana no hay quien la pare. «En todas las fiestas se sube a los escenarios y en algunos bares ya la conocen», comenta Ángel. Pero, sin duda, los días que más han disfrutado son los de su estancia en Almería: playa y piscina. La primera vez que se bañaron en el mar fue en Vizcaya.
Las dos hermanas hablaban cada semana por teléfono con sus padres. «Son encantadores y siempre te agradecen que ayudes a sus hijos», añade Ángel. El regreso es la parte más dura. Alisa y Joana se despiden siempre con la misma frase: «No llorar, el año que viene volver». Ángel, Joana y Beatriz coinciden al afirmar que «cuando se van, el vacío que sientes es enorme, pero merece la pena».
KOSTIA (BIELORRUSIA)
Kostia es ya un bilbaíno de adopción. Natural de Bielorrusia, tiene 15 años y lleva ocho veranos sin faltar a la villa, al barrio de San Adrián, donde vive su familia de acogida. Cuando Mikel de la Fuente, de la asociación Acobi, y su mujer, Marian, se embarcaron en esta iniciativa sólo buscaban «echar una mano», siendo en todo momento conscientes de las dificultades. «Sobre todo el idioma», reconoce Mikel. Sin embargo, Kostia no tardó en aprenderlo y olvidarse de los gestos. «El castellano es fácil, pero el euskera es imposible», bromea.
Mikel y Marian tienen un hijo, Mikel, de 19 años. «Pensamos que podrían entenderse, pero al principio andaban como el perro y el gato. Cuestión de celos», evoca el cabeza de familia. El tiempo lo cura todo. Además, Kostia ha encontrado un amigo de su edad en el sobrino de Mikel. Al preguntar al ya adolescente ucraniano por las cosas que más le gustan de aquí lo tiene muy claro: «el mar, el sol y el calor», enumera. Sin olvidar los mercadillos, en los que le gusta comprar todo tipo de abalorios. Su única referencia marítima es el Mar Negro, que apenas ha visitado en un par de ocasiones, y lo único que no tolera son los huevos. «Ya sé que le gustan a todo el mundo...», dice resignado Kostia, que se ha descubierto como un cocinillas de primera.
A sus quince años mide casi 1,75 metros. Estudió cinco años de guitarra y en un futuro le gustaría cursar Medicina. Hasta que abandonaron Bilbao por Valladolid participaron en las excursiones organizadas por la asociación. «Los chavales están a su aire y nosotros podemos hablar y ayudarnos en caso de duda», explica Mikel. El problema es que dos meses se van volando. Según Kostia, «cada año pasan más rápido».










