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MANUEL JESÚS EL CID, TORERO
«Lloré de emoción, no me cambiaba por nadie... ¿ni por el Rey!»
«Ha sido la puerta grande que más he disfrutado en mi carrera», afirma el triunfador de las Corridas Generales, que hasta ahora sentía «un vacío» al pensar en Bilbao
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«Lloré de emoción, no me cambiaba por nadie... ¿ni por el Rey!»
«ROTO POR DENTRO». El diestro, con los ojos arrasados de lágrimas, durante la salida a hombros. / IGNACIO PÉREZ
Manuel Jesús 'El Cid' protagonizó el sábado con éxito rotundo la lidia en solitario de seis astados de Victorino Martín. En esta entrevista, el diestro de Salteras habla de un festejo, el octavo de las Corridas Generales, que a buen seguro marcará la temporada taurina de 2007.

-Un día antes, toreó en Almería. ¿Y si llega a sufrir un percance?

-Me expuse a ello, podría haber ocurrido. También toreé en Málaga cuatro días antes. Si nos ponemos así, ¿no toreo ningún día! Hicimos lo de Almería por despejar la mente, para desconectar.

-¿Su compromiso de Bilbao se convirtió en una obsesión?

-Tanto no, pero ¿no me lo quitaba de la cabeza!

-¿Vino en coche o en avión?

-En coche. Me tiré toda la noche en la furgoneta y llegué a Bilbao a las siete de la mañana. Algunas cabezadillas cayeron. Y, desde que entré en la habitación del hotel hasta que salí vestido de torero, no me moví de la cama. Tampoco dormí mucho, pero la verdad es que descansé.

-¿Cómo fueron las horas previas a vestirse de luces?

-No fueron como el resto de los días. ¿La cosa cambió, ja, ja...! Una corrida de toros en solitario conlleva una gran responsabilidad, todas las miradas están puestas sobre ti. Me pasaron muchísimas cosas por la cabeza. Fundamentalmente buscaba la concentración, fue un trabajo muy exigente de mentalización.

-¿Le defraudó que la plaza no se llenara?

-Me sorprendió un poco. Entre los aficionados, la corrida había levantado una gran expectación, pero a lo mejor me falta fama de cara al gran público. No salgo en la tele, ni en determinadas revistas. Estoy contento de que quienes acudieron lo hicieron para ver al torero, a El Cid, no a la persona. Fueron aficionados de los de verdad, y por eso creo que la corrida será irrepetible.

-La actitud del público fue inmejorable desde que pisó el ruedo, ¿no?

-Nada más pisar el ruedo, y al finalizar el paseíllo, se rompieron a aplaudir. Fue una tarde muy emotiva y el público se dio cuenta de que hacía un gran esfuerzo, ¿no estaba en un pueblo! Los bilbaínos estuvieron muy sensibles conmigo, se dieron cuenta de que no había ni trampa, ni cartón.

-El sábado fue un día especialmente bochornoso en Bilbao: ¿el calor le hizo mella física?

-La calor no me pasó factura... ¿lo que me fastidió fue la humedad! El ruedo soltaba una flama horrorosa. Hubo un momento en el que me faltó el aire, durante la lidia del tercer toro debí hacer de tripas corazón y tirar pa'lante como pude. Hasta entonces me había entregado muchísimo y estaba cansadete, pero después me vine para arriba. Mi 'fisio' ya lo había previsto y me obligó a tomar unas pastillas de glucosa. En las dos horas que duró la corrida perdí más de tres kilos.

-Vistió de prusia y oro, ¿por algún motivo en especial?

-El traje lo estrené ese día. No me pregunte por el terno, porque cada uno dice una cosa. Lo que sé es que, cuando fui a encargarlo, me gustó nada más verlo. Era muy bonito, muy elegante, serio... ¿para Bilbao!

-¿Volverá a vestirlo?

-Sí, puede que me lo vuelva a poner una sola vez más. Igual en Zaragoza. Eso sí, de ese traje no me voy a desprender jamás.

-La corrida de Victorino Martín fue encastada pero reservona, falta de entrega y con sentido. ¿La definición más clara es 'exigente'?

-¿Muy exigente! Yo y Victorino esperábamos que, sobre todo, los toros primero, cuarto y sexto salieran en el estilo de 'Borgoñés', el toro de Sevilla, que repitió y tuvo gran transmisión. Sin embargo, no salió el toro bravo de verdad, ¿pero tampoco la alimaña! Fueron de los regulares de Victorino, de los que exigen.

-Salvo el toro que rompió festejo, a la corrida le costó descolgar las embestidas. ¿Le faltó raza?

-Un poquito sí. Mire el último toro, que se puso tardo, escarbó mucho, quiso saltar al callejón Pero después no fue malo para la muleta. Simplemente le costó arrancarse al primer muletazo, se descolocaba, pero los demás se los tragó. Incluso humilló. De todas formas, el común denominador de la corrida fue que humilló poco, incluso el toro de las dos orejas.

-¿Cuántas 'radiografías' le sacaron los toros entre muletazo y muletazo?

-Ufff ¿muchas! Con el toro de las dos orejas, hubo tres o cuatro veces que pensé, «ahora es cuando me coge». Me hizo pasar las de Caín.

-¿Le molieron a varetazos?

-Cuando el domingo me levanté de la cama, ¿parecía un viejo! No podía ni moverme. Tengo un varetazo en el culo, otro en el muslo, las espinillas las tengo cosidas a moratones, los pies están llenos de pisotones... ¿es horroroso! Cuando me quité el traje, no le eché cuentas, pero al día siguiente pensé «¿ojú la que me han dao!». No me calaron, pero me dejaron molidito.

-Declaró no estar obsesionado por la puerta grande, pero lloró con la salida a hombros.

-Lo de las lágrimas fue una explosión. La tarde iba dura de veras. En el primer toro la gente estuvo fría, creo que en otro sitio le habría cortado al menos una oreja. En el segundo me pasó lo mismo. Lo de la puerta grande no me obsesionaba, pero... ¿qué menos que tocar pelo! Pensaba... «¿no voy a cortar dos orejas en seis toros?».

Como en la guerra

-¿Las figuras del toreo lloran?

-¿Claro que lloran! ¿Más que muchos hombres! A mí me cuesta exteriorizar mis sentimientos vestido de calle y, sin embargo, vestido de torero he llorado en dos ocasiones. Una en Madrid, que pinché un toro de Victorino, y el otro día en Bilbao. Pero lloré de emoción, no me cambiaba por nadie... ¿ni por el Rey!

-Cuando certificó su salida a hombros, ¿se desfondó anímicamente?

-Me desfondé físicamente. En la furgoneta estaba reventao. La cabeza me estallaba. Me molestaban los tirantes, la taleguilla, la chaquetilla, ¿todo! Llegué al hotel y me metí media hora debajo de la ducha, intentando relajarme, pero entonces me empezaron a salir dolores de todos lados, ja, ja... ¿Parecía que llegaba de la guerra! Aunque vuelva a matar seis toros, nada será igual, fue una tarde irrepetible.

-¿Es cierto que al llegar al hotel se metió directo en la cama?

-No. Estuve cenando con la cuadrilla, celebrándolo un poquito. Después sí me metí en la cama.

-¿Su mujer presenció el festejo?

-Ni pudo ni quiso venir. Cuando me enfrento a compromisos tan fuertes, sabe que me meto dentro de mí y me pongo distante, así que prefiere quedarse en casa. Además, está embarazada y muy avanzada.

-¿La llamaría por teléfono!

-Ella mejor que nadie sabía la gran responsabilidad que sentía, lo que me jugaba, es una mujer capaz de encontrar la cara positiva a cualquier vicisitud ¿Ella es mi aliento! No le voy a contar lo que hablamos, ja, ja, pero fue una llamada de gran alegría.

-A su padre sí se le vio en la plaza. ¿Qué fue lo primero le dijo?

-No le salieron las palabras, lo pasó muy mal. Su cara era un poema, pero reflejaba una inmensa satisfacción. Con la mirada bastó.

-¿Le sorprendió que el presidente le concediera las dos orejas a pesar de pinchar con la espada?

-Más que sorprenderme me rompí por dentro y me puse a llorar. ¿A Matías lo conocemos todos! Dando la vuelta al ruedo, pensé que es un gran aficionado. Él sabe el gran esfuerzo que hice, tuvo una gran sensibilidad. No me sorprendió.

-¿Qué sintió al cruzar la puerta grande?

-He salido cuatro veces por la Puerta del Príncipe de Sevilla, dos por la puerta grande de Madrid, ha habido grandes triunfos en mi carrera, pero como la puerta grande de Bilbao ¿Es que es muy difícil cortarle las dos orejas a un toro en Bilbao! Ha sido la puerta grande que más he disfrutado en mi carrera.

-Un éxito de tal magnitud repercutirá en su caché...

-Supongo. Imagino que este año no, porque ya está todo cerrado. Pero no lo hice para pegar un pelotazo, ni para pedir más dinero a los empresarios, sino porque necesitaba llenar el vacío que sentía cuando pensaba en Bilbao.
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