
EL PERFIL
Pablo no puede vivir sin el 'bodyboard'. Cada día vuelve a la playa con energías redobladas: lo suyo es tirarse en plancha, agarrarse al corcho, sentir la violencia del mar contra el pecho, adentrarse más y más... «Tomas decisiones sobre la marcha, te dejas llevar, pero también controlas», explica de corrido, casi sin aliento, como si estuviera en medio del oleaje. El gusanillo le picó a los 10 años y no tiene remedio. «Mis padres se preocupan porque esto me quita mucho tiempo. En invierno, vengo los fines de semana y a las siete de la mañana ya estoy aquí. Depende de las mareas». Y se encoge de hombros, con esa media sonrisa de hombre que sabe lo que quiere. Con 13 años, ha encontrado la ilusión de su vida y no piensa renunciar a ella.
Pese a todo, la sangre no llega al río. Es un buen estudiante y se las apaña para mantener el equilibrio: aprueba todo en junio y sólo se descalabra en la playa. «Un día, me comió una ola, me di un golpe en la arena y acabé con la cara fatal», recuerda en voz baja y desviando la mirada. El pasado no le interesa... Apoyado en una barandilla, Pablo se centra en la evolución de las olas. «Puuuf, todavía no se puede hacer nada. Hay que esperar». Y se pasa la mano por el flequillo, con los ojos fijos en un punto indeterminado del horizonte.
«Estilo radical»
Ha empezado a llover y el público espontáneo del 'kite-surf' abandona la playa. Se va acercando la hora del 'bodyboard'. «Mis amigos vendrán enseguida. Muchos son mayores que yo, entre 15 y 20 años. No somos amigos de quedar y salir, pero sí de compartir la afición y pasar horas juntos». Pablo no tardará en pegar el estirón y ponerse a su altura. Eso sí, a intrépido no le gana nadie... «¿Que cómo es mi estilo sobre las olas? ¿Radical! ¿Arriesgado! ¿Sorprendente!». El rostro se le ilumina de sólo pensarlo. «Son olas gigantes y tú estas ahí, aguantando...». Sigue lloviendo y los virtuosos del 'kite-surf' recogen sus bártulos. Pablo no despega la mirada del mar... Ya falta menos.










