Pasaron muchos años y hace pocos días iba yo a salir de casa cuando el cielo estaba dudando entre llover o no llover y por no usar el paraguas normal, que es un estorbo, se me ocurrió meter el mini-paraguas en la cartera de mano. Al poco tiempo de salir de casa (tenía que realizar varias gestiones por la calle) comenzó a caer eso que en Galicia llaman orvallo, en otros lugares mollino y los bilbaínos conocemos como sirimiri.
Era la oportunidad de estrenar el paraguas; le quite la funda e intenté desplegarlo, pero no era fácil descubrir su mecanismo y como el sirimiri no cesaba tuve que meterme en el hueco de un portal, dejar la cartera en el suelo y dedicar todos mis esfuerzos y mis dos manos a la operación de desplegarlo.
A duras penas logré extender parte de la tela, pero me quedó la falda exterior levantada de una manera un poco rara. Intenté bajarla varilla por varilla, pero al bajar las últimas varillas se volvían a subir la primeras y tuve que usar las dos manos y el apoyo de una pared para poder tener el paraguas en posición de servicio.
Llegué a mi primer destino y me di cuenta de que si desplegarlo había sido difícil, plegarlo eran más difícil todavía, y tuve que hacer la gestión con el paraguas abierto, lo cual no dejaba de chocar un poco a los que me veían. Y así continué hasta que volví a casa y ya en la tranquilidad del hogar y con el paraguas seco y después de una complicada operación, conseguí plegar todas sus varillas y sus muelles hasta dejarlo en su funda.
Ahí está el maldito paraguas de nuevo en su cajon como recuerdo de familia porque no me atrevo a usarlo otra vez. Y así me explico que en días de lluvia, se vean en las papeleras de la calle tantos paraguas plegables descacharrados.










