
EL PERFIL
En esta tarde tan gris no ha dudado en salir con una cometa capaz de planear contra el viento, girar de golpe, caer en picado, rozar la arena y remontar hasta lo más alto que permite el carrete. Y todo, en pocos segundos. «Me la regaló mi mujer, Martina, cuando éramos novios y acabábamos de concluir la carrera. ¿Hace ya siete años!». Ahora, que ha cumplido 28, su destreza no tiene techo. Llega un punto en que las maniobras se reducen a un ligero movimiento de muñeca. Su hijo Carlos está sentado en la arena muy serio, con los ojos fijos en la cometa. Tiene dos dedos en la boca y la cabeza inclinada hacia un lado.
«Al crío le encanta la playa. Rara vez podemos venir en verano, así que estas semanas las pensamos aprovechar a tope». A los Burgold les gusta lo bueno: la ciudad de Ludwigshafen am Rhein, donde residen, no tiene mar pero goza de un clima muy agradable, que mima los campos y alegra los fines de semana. Las zonas verdes bullen de gente en cuanto llega la primavera y las familias circulan en bicicleta, a orillas del Rhin, con una cesta llena de flores colgada del manillar. «Además, el Estado de Renania-Palatinado es famoso por sus vinos...». Y sonríe con orgullo, a medida que va enrollando el hilo. El viento sopla con demasiada violencia; ya no hay habilidad que valga.
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Martina se dirige con el niño a un lugar más recogido, lejos de la orilla, y aguarda pacientemente a que su marido se haga con el control de la cometa... Que, a estas alturas, se ha estrellado contra la arena. «Uuuuy, qué pena», suelta Ivor Carlos, antes de llevarse las manos a la gorra, que luce la estampa del monstruo 'Coco'. Se acerca la hora de marchar: son las siete de la tarde y al chavalín se le ve cara de aburrido. Se ha cansado de cavar, tiene los bolsillos repletos de conchas y le apetece ir a los columpios. Sólo sabe decir 'agua' en castellano, pero conoce todos los parques de Getxo. Y muy pronto le comprarán la camiseta del Athletic -«¿un equipo único en Europa!»- para ensayar sus primeros regates y soñar con ser Julen Guerrero, aquel portugalujo que admiraba tanto su padre. El tiempo pasa volando, como la cometa de Ivor Carlos...










