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Vuelta a casa en vacaciones
Portugalujo, de padres extranjeros, vive en Alemania y cada año viene «a ver a los aitas» y andar por Arrigunaga
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Vuelta a casa en vacaciones
Es hijo de padre alemán y madre británica, creció en Portugalete y vuelve siempre que puede «a ver a los aitas, que ahora viven en Getxo». Lleva una década en Alemania, tiene «un pitufo» de casi tres años y un leve acento extranjero. Pero parece que fue ayer cuando partió a Aquisgrán para estudiar Enfermería... «Conservo muchos amigos y no he olvidado el sabor de las sardinas de Santurtzi», murmura Ivor Carlos Burgold con la mirada puesta en el cielo, mientras camina hacia atrás, muy lentamente, por la playa de Arrigunaga.

En esta tarde tan gris no ha dudado en salir con una cometa capaz de planear contra el viento, girar de golpe, caer en picado, rozar la arena y remontar hasta lo más alto que permite el carrete. Y todo, en pocos segundos. «Me la regaló mi mujer, Martina, cuando éramos novios y acabábamos de concluir la carrera. ¿Hace ya siete años!». Ahora, que ha cumplido 28, su destreza no tiene techo. Llega un punto en que las maniobras se reducen a un ligero movimiento de muñeca. Su hijo Carlos está sentado en la arena muy serio, con los ojos fijos en la cometa. Tiene dos dedos en la boca y la cabeza inclinada hacia un lado.

«Al crío le encanta la playa. Rara vez podemos venir en verano, así que estas semanas las pensamos aprovechar a tope». A los Burgold les gusta lo bueno: la ciudad de Ludwigshafen am Rhein, donde residen, no tiene mar pero goza de un clima muy agradable, que mima los campos y alegra los fines de semana. Las zonas verdes bullen de gente en cuanto llega la primavera y las familias circulan en bicicleta, a orillas del Rhin, con una cesta llena de flores colgada del manillar. «Además, el Estado de Renania-Palatinado es famoso por sus vinos...». Y sonríe con orgullo, a medida que va enrollando el hilo. El viento sopla con demasiada violencia; ya no hay habilidad que valga.



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Martina se dirige con el niño a un lugar más recogido, lejos de la orilla, y aguarda pacientemente a que su marido se haga con el control de la cometa... Que, a estas alturas, se ha estrellado contra la arena. «Uuuuy, qué pena», suelta Ivor Carlos, antes de llevarse las manos a la gorra, que luce la estampa del monstruo 'Coco'. Se acerca la hora de marchar: son las siete de la tarde y al chavalín se le ve cara de aburrido. Se ha cansado de cavar, tiene los bolsillos repletos de conchas y le apetece ir a los columpios. Sólo sabe decir 'agua' en castellano, pero conoce todos los parques de Getxo. Y muy pronto le comprarán la camiseta del Athletic -«¿un equipo único en Europa!»- para ensayar sus primeros regates y soñar con ser Julen Guerrero, aquel portugalujo que admiraba tanto su padre. El tiempo pasa volando, como la cometa de Ivor Carlos...
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