
LUZ CON GASA Y ACEITE
Cristina Conde llegó a Bilbao en 1941 desde Santander, tras el incendio que «machacó» la capital cántabra. «Mi padre, que tenía un restaurante, lo perdió todo. Además, las tropas nacionales lo cerraron. Al principio nos instalamos en la calle Bailén, número 24, en una habitación. Mi padre murió, me casé y fuimos de patrona a Labairu, pero los que regentaban la vivienda no querían críos en casa. Nos fuimos a Barakaldo con los cuatro hijos, a una habitación que le quedó libre a mi hermano. Luego me enteré que unos parientes vivían en el Monte Cabras y que había albañiles entre ellos. Decidimos ir a una zona que se llamaba La Picota. En una noche levantamos la casa, construida con bloques de cemento. Por el día venía la Policía y nos decía 'cómo se les ocurre hacer esto, si es ilegal, les vamos a denunciar'. La denuncia no llegaba nunca; en realidad, nunca vimos que se derribara una chabola. Vivíamos siete en casa, donde nos hemos llegado a alumbrar con gasa con aceite. Como no había escuela, una vecina daba clases a mis hijos por cinco pesetas al mes. Con catorce años empezaron a trabajar en cafeterías».
LA VISITA DE LA POLICÍA
Benjamín Herrera vino en 1957 a Bilbao, procedente de Villaverde de Medina (Valladolid). Tenía 11 años. Su padre trabajaba en la construcción, en La Asturiana -posteriormente fue una de las constructoras de Otxarkoaga- y en verano regresaba al pueblo a segar. «Mi tío hizo la chabola y la familia decidió venir. Estuvimos 4 ó 5 meses en el camino Berriz y posteriormente nos trasladamos al Monte Cabras. Por la noche mi difunto padre nos daba un cincel y un martillo y nos poníamos a construir la chabola».
«Había una solidaridad impresionante entre la gente. Todos echaban una mano. Es que vivíamos juntos. Había una partera en el barrio, la señora María, y si los hijos se quedaban solos siempre se hacía cargo de ellas alguna vecina. Por el día se pasaba la Policía y nosotros metíamos en casa a una niña pequeña que comenzaba a llorar. Los agentes así no entraban, tal vez se apiadaban de nosotros. La vida se hacía luego en la calle, en el cachito. En realidad, estábamos todo el día fuera de casa, trabajando. Bajábamos y subíamos andando. A veces, nos colgábamos del remolque de un camión que subía a la escombrera. ¿Que cómo fuimos recibidos? Bien y mal. Nos llamaban coreanos, pero había gente cariñosa. Sentí un poco de desprecio, a veces, pero más por parte de la burguesía. Mi padre hablaba muy bien de la gente de pueblo, de Ondarroa. Nosotros vinimos a trabajar, honradamente».
LA LLUVIA TIRÓ LA CASA
Julia Manzanera, esposa de Benjamín, señala cuál era el secreto de la hermandad: «Como no había intereses, no había nada que perder. Yo vine con 7 años desde Villabuena del Puente (Zamora). Primero a Sestao, a una habitación con derecho a cocina, con mis padres y hermana. Por mediación de uno del pueblo, nos trasladamos al monte Banderas. El terreno se compraba a Urquijo, que era dueño de la zona. Teníamos escrituras. Hicimos una chabola de madera y otra de ladrillo en la pendiente de la ladera».
«Vivíamos seis personas en una casa común con mis tías. Un día, una lluvia torrencial tiró abajo la casa y escapamos por los pelos. Con la ayuda de los vecinos y del cura del barrio, don Jesús Martín, la levantamos de nuevo. Mi padre, cuando llegaba de trabajar, subía la garrafa y el caldero lleno de agua, cogida en la fuente de Deusto. También recogíamos el agua de la lluvia en bidones. Con trece años empecé a trabajar para una modista, aunque antes, en verano, era recadista en Jado. Hemos pasado muchas calamidades. Por eso tenemos que ser más comprensivos con la gente que viene de fuera. Nosotros estamos ahora en la orilla buena. Ellos vienen de la mala, y esa nosotros ya la conocemos».










