Se hizo todo en una semana. Como tenía prisa trabajé con dos equipos. Uno preparaba escenarios y el otro rodaba. Luego se montó. Ahora me acuerdo. El cortometraje empezaba con una serie de planos, casi yermos, de gente trabajando, de gente que se iba a Bilbao. Rodé en unos campos secos de Guadalajara, campos de Castilla, a gente del pueblo saliendo al Norte, al País Vasco, que se veía verde y fértil.
Los del Ministerio de Vivienda estaban encantados con el resultado. Me dijeron que con un tema tan árido había hecho una cosa poética. El problema vino cuando lo vio Franco. Dijo: «muy bien, muy bien, pero no se ve a gente contenta en Otxarkoaga». Fue el único que se dio cuenta. Había un plano donde se veía el interior de una chabola, con un perchero en el medio como si fuera un árbol protector, rodeado de maletas. El desarraigo otra vez.
Debido a lo que había dicho Franco, tuve que rodar unos cuantos planos más de gente que saliese alegre en Otxarkoaga. Grabé a unos vecinos comiendo unos huevos fritos y otros por la calle. Lo hice en un día soleado porque los planos de las chabolas estaban rodados en un día gris. Fueron tres o cuatro planos nuevos para contentar al 'jefe'. Evidentemente, el documental tenía una finalidad propagandística, pero yo tomé partido por la gente, sin demagogia. En todo momento lo hice desde el punto de vista humano.










