Después de comer se fueron de paseo y «casualmente» encontraron en La Salve una cartera que contenía monedas extranjeras y nacionales y una carta. Y aquí viene el cebo de este timo, porque la carta era de América y, en ella, cierto americano pedía a su sobrino de Bilbao que le vendiera aunque fuese a precio bajo, unas piedras preciosas que le había enviado, porque necesitaba dinero.
El señor aragonés «olfateó» el negocio y encalabrinó a su víctima. Podrían ir a casa del citado sobrino y comprarle a bajo precio las piedras preciosas. Dicho y hecho. Van a casa del sobrino y para tranquilidad de la «víctima», deciden consultar con un diamantista que certifica que tales piedras tienen un valor de treinta duros cada una.
Y como el sobrino, para conseguir dinero rápido, estaba dispuesto a vender las piedras (así se lo decía el tío de América en su carta) por sólo cinco duritos cada una, el sujeto paciente, es decir la víctima, se anima a comprar todo el lote, engatusado por el lucrativo y fácil negocio. Y de esta forma adquiere once mil reales ( 11.750 pesetas) de piedras preciosas. Desenlace del sainete: El potentado aragonés y el sobrino del tío de América desaparecen del mapa. El ingenuo comprador se va a casa con su tesoro y cuando pretende convertirlo en dinero contante se entera que son trocitos de vidrio.
Una vez más, la ambición juega a favor del timador. Y en este caso la ambición de la víctima le impidió darse cuenta de lo absurdo del timo. Porque si el tío de América estaba dispuesto a vender las piedras a bajo precio para obtener dinero rápido ¿por qué no las vendió él mismo en su país en vez de enviárselas a un sobrino de Bilbao? Con lo que se demuestra, una vez más, el axiomático lema de este gremio de delincuentes: «Todos los días sale de su casa un tonto. La única dificultad es dar con él».










