Esta medida, que se enmarca dentro del plan de ahorro, viene motivada por el alto porcentaje de agua que se queda a mitad de camino entre los embalses y la capital vizcaína. Según reconoció a principios de este año el concejal responsable de este departamento, José Luis Sabas, un 23% del total no llega a su destino, o lo que es lo mismo, uno de cada cuatro litros.
El sistema estará dividido en dos elementos. El primero será un pequeño sensor -de tan sólo unos diez centímetros de diámetro-, que se colocará mediante un imán en las válvulas o en las bocas de riego de la red. Su instalación no requerirá de obra alguna en la calzada. El objetivo de este aparato es analizar el ruido hidráulico de cada tubería e interpretar si la amplitud o dispersión que percibe son propias de una fuga. En caso de tratarse de una pérdida, el aparato, que dispone de un sistema experto que se mantiene activo durante las veinticuatro horas del día, enviará la señal de alarma a un receptor, que estará instalado en un vehículo municipal bajo el control de un operario.
La alerta, sin embargo, no indica el punto exacto de la fuga, sino que únicamente acota el espacio. Esta dificultad obliga al área de Obras y Servicios a utilizar otro tipo de mecanismos, tales como caudalímetros, para fijar el lugar en el que se produce el escape. Una vez determinadas todas las pérdidas llegará la hora de atajar el problema. «La prioridad la marcará el volumen de la filtración, de forma que las más graves serán las primeras que se arreglen y así sucesivamente hasta conseguir taparlas todas», explicaron. Para ello, se abrirán sendas catas y se dejará la tubería en seco para colocar un manguito de reparación.
Una vez finalicen las tareas en Deusto, cuya duración dependerá en cualquier caso del estado de la red -una de las más antiguas de la villa-, el sistema se derivará al resto de distritos. Los siguientes en la lista de reparaciones son Abando, así como Larraskitu y Bilbao la Vieja.
Rejuvenecimiento
La instalación de los sensores no es, sin embargo, la única actuación que lleva a cabo el Consistorio con el objetivo de paliar la pérdida de agua. Uno de los trabajos más aparatosos es sin lugar a duda la renovación de los 600 kilómetros de tuberías que 'viven' en silencio en los bajos de la ciudad. Hasta que se produce un reventón. Tras más de una década de intervenciones, la red empieza a cobrar un aspecto más rejuvenecido. La última obra de envergadura fue la que se inició el pasado mes de julio en Rekalde y que consiste en la renovación de las redes de saneamiento y abastecimiento del barrio para mejorar así la conexión de los depósitos de Elejabarri y Larraskitu.
La actuación, que cuenta con un presupuesto de 2,1 millones de euros, permitirá mejorar la calidad de agua de 200.000 bilbaínos. Destaca, además, que «el volumen de una fuga en esta red de transporte de agua equivaldría a diez de las que se producen en la red secundaria», apuntaron desde Obras y Servicios. Además de este proyecto, el Ayuntamiento tiene en vistas otras intervenciones. Las próximas calles en someterse a la renovación de sus tuberías son Santutxu, Pedro Astigarraga, Pintor Lekuona, Cataluña y Reyes Católicos.










